Decía Chateaubriand que se pierde en costumbres lo que se gana en luces, y que éstas parecen de tal suerte colocadas por la naturaleza, que las unas se corrompen siempre en favor del engrandecimiento de las otras, cual si la balanza estuviese destinada á hacer imposible la perfección entre los hombres. Los griegos al civilizarse, perdieron la pureza de costumbres. ¡Felices si no hubieran trocado las virtudes que los salvaron de Jerjes, por los vicios que los pusieron en manos de Filipo!

Y muchos, entre nosotros, aun sin saber esa cita histórica, sostienen que los indios hoy, en su rudeza, están mejor que si se les saca de ella; porque, al civilizarse, tendrán todos los defectos del ladino y las malas condiciones del aborigen, con los achaques consiguientes á las nuevas necesidades que se les producen. La civilización, dicen, á la par que fomenta las artes y la industria; que perfecciona, propaga y generaliza los objetos de comodidad y lujo, dando brillo y esplendor á la sociedad; desarrolla el deseo de adquirir, hace que la pasión del lujo se encienda, y que todo se sujete al cálculo frío y á la ley del oro. Si los indios se civilizan serán menos morigerados y menos dichosos, exclaman aquellos que cifran la moral en lo primitivo de la vida, y la dicha suprema en acercarse más al bruto.

Sin negar que la refinada civilización de los pueblos modernos, de Europa sobre todo, produce ciertas excrecencias, si se puede decir así, es evidente que las costumbres, el carácter y la ventura de las naciones y de los individuos, ganan con la civilización. Lo que se hace preciso, y no debe olvidarse en cuanto á los indios, es que, al procurar civilizarlos, ha de tratarse de moralizarlos, de que no pierdan en costumbres lo que ganen en adelanto material.

Los que cifran la civilización sólo en el goce propio, y dicen como el célebre orador revolucionario, que la sociedad humana no es más que una guerra de astucia, en la que la fortuna es la regla de lo justo, la probidad un negocio de placer ó de decoro, y el mundo el patrimonio de los bribones más diestros; los que, cual Hobbes, proclaman el egoísmo, como regla de conducta, no comprenden que la base de la civilización es la moral sublime que predica la caridad y el desprendimiento. Sin el altruismo no puede subsistir la sociedad. El progreso es ley del individuo y de los pueblos; pero no cabe progreso verdadero y que produzca bienestar social, si no se forman costumbres puras. En cada sér viviente hay fuerza misteriosa de crecimiento; en todas las agregaciones de seres animados, existe un elemento de contínuo desarrollo, bajo condiciones favorables, en lo físico y en lo moral. Todo nuestro progreso, al sentir de Emerson, consiste en el desenvolvimiento ordenado, que se asemeja al paulatino crecer del botón, que se vuelve flor, para dar fruto.

En lo material, el hombre se halla sujeto á leyes físicas; en lo mental á preceptos que rigen el entendimiento; en lo moral á reglas que estatuyen lo que es bueno. La civilización no debe desentenderse de ninguno de esos tres elementos esenciales. La sociología los estudia y toma en cuenta.

Empero, no estan de acuerdo los pensadores acerca de las causas que originan el fenómeno del progreso.[191] Los unos buscan en lo intelectual el germen del desarrollo externo; los otros cifran en el elemento del alma, el vital principio del progreso, y atribuyen á la religión todos los beneficios del esparcimiento de las luces; éste, hace consistir el fundamento de su teoría en la moral innata; el otro, en las fuerzas de la naturaleza y en el destino del hombre. Autores hay que profesan el principio de que las causas morales producen las físicas; al paso que no faltan filósofos que piensan que las causas físicas engendran las morales.

Así, Mr. Buckle procura demostrar que el desarrollo del hombre es del todo proveniente de los elementos físicos que lo rodean. Darwin establece la evolución, por transmutarse el sistema nervioso de padres á hijos. Bahehot contempla esa fuerza natural que, de edad en edad, va creando la civilización, como una cinta de colores, que cada vez recibe más obscuros tintes, por la agregación sucesiva de fuerzas. Guizot y Didón atribuyen al cristianismo la actual moderna cultura. Balmes y Severo Catalina quieren que el Pontificado Romano sea el centro de las fuerzas morales, que han hecho crecer á los pueblos.[192]

Cuestiones son éstas, que se ven al trasluz de las ideas y preocupaciones de cada cual; pero que demuestran en todo caso que la fórmula del progreso es complicada, y que, al tratarse de la civilización de una colectividad, se han de aprovechar todos los elementos, en el orden material, intelectual y moral.

Viniendo ya al punto del mayor avance de la civilización de nuestros indios, cabe observar que la cultura aborigen se perdió por completo. Los quichés y cackchiqueles revelan su pasada grandeza; pero no dan muestra hoy de ella,[193] porque la más leve chispa de desenvolvimiento de esa raza alarmaba á los conquistadores. Que hay gérmenes de perfectibilidad en esos pueblos, lo prueba su misma historia. Lo que se necesita es que se desarrollen y fecunden. Los abona la tradición de lo que fueron; les son favorables los elementos físicos del suelo en que viven; pero hay que poner los medios para que dejen ese sistema de comunidad; ese traje común é invariable; ese alimento bárbaro de totopoxte y chile; esas lenguas antediluvianas; ese rancho agreste, mansión primitiva y rústica; en una palabra, hay que sacar á los indios de la manera de ser que tienen, estancada y oriental.