La organización de los virreinatos y de las capitanías generales de la América española, se basó en la preexistente manera de gobernarse que los mismos indios tenían. Ora formaron comunismos teocráticos, no ya en favor del régulo, sino en pro del fraile ó del encomendero; ora el socialismo gubernativo de las tribus se explotaba por medio de los mismos señores principales indios, en favor del conquistador ó del cura; ora la plebe indiana, cual rebaño de carneros, era dominada, primero por sus caciques, luego por los gobernadores, en seguida por los magistrados de las Audiencias y Presidentes ó Virreyes, mientras allá en España, dictaban leyes los monarcas iberos, con todo el aparato del Consejo de las Indias. Así nunca hubieran los aborígenes podido mejorar de condición; no obstante los más filantrópicos deseos de Doña Isabel la Católica y todos sus sucesores regios.

Después de la independencia de los Estados hispano americanos, puede asegurarse que los indios siguieron casi lo mismo que antes, ya de instrumentos de algún jefe militar afortunado; ya sirviendo de acémilas para conducir mercaderías ó bagaje de guerra; ya explotados por algún sátrapa de la canalla, de esos que el viento revolucionario ha solido convertir en mandarines de facciones y promovedores de bochinches;—bien que con el roce que han tenido los aborígenes con los ladinos, muchos de aquellos han salido de su antigua condición, en Méjico, Centro América, el Ecuador, Venezuela, Colombia, Perú, Paraguay y Bolivia, en donde una parte de la población civilizada es de raza indiana, más ó menos pura.

No puede, pues, revocarse á duda que son los indios muy susceptibles de desenvolver su civilización y acrecentar su progreso. No será la generación presente de los aborígenes, la que pueda entrar de lleno en el estado de cultura que se apetece; pero las generaciones nuevas, tiernas y flexibles, se acomodarán á las exigencias del siglo y á las nobles aspiraciones de los que filantrópicamente se empeñan por el bien de los aborígenes y el engrandecimiento de Guatemala. Véase, si nó, cómo pueblos extensos de indios ya se confundieron con el resto de la gente ladina. No hace muchos años que en Jocotenango, existía una numerosa población de aborígenes, vestidos á usanza indiana, hablando su primitiva lengua, y formando una villa con sus justicias, su templo, su cementerio y su cárcel. Hoy los hijos de esos jocotecos son casi todos albañiles, y ya salieron de su condición de indios, volviéndose ladinos, olvidando su lengua y vistiéndose como las gentes del pueblo. Cuando uno va á pasear por ese barrio de la capital, con dirección al Hipódromo, apenas recuerda que cerca de la altísima ceiba que está junto á la antigua fuente, hubo una iglesia y un camposanto, de un pueblo numeroso de indios puros.

El hombre es como el diamante, que se pulimenta con el roce. Inmediatos á esta capital, los jocotecos acabaron por amalgamarse con el pueblo ladino; y así, de esa suerte, viene sucediendo con casi todos los pueblos cercanos á los centros de riqueza. La civilización es contagiosa y se expande é infiltra á las gentes que se hallan más próximas á los focos de cultura y comercio.

El pueblo de Mixco, de donde vienen nodrizas á servir á las casas acomodadas de esta capital, ya está bastante civilizado, y acabará por tener los usos y costumbres de la gente ladina.

Si se fija la vista en los indios de la Verapaz, de esa zona tan rica de la república, que en sus nueve décimas partes está poblada por aborígenes, se notará que tienen buena índole, y que si en algunos puntos reinan preocupaciones de castas, debe atribuirse á ciertos ladinos que se han establecido en medio de ellos, dándoles malos ejemplos. "Los naturales de San Juan Chamelco, el pueblo más antiguo de la Alta Verapaz, hacen el comercio de loza inglesa, que van á comprar á Izabal, y que llevan á la capital, al Salvador y á otros puntos remotos, trayendo á su regreso efectos de aquellos lugares. Los de Rabinal vienen á la capital y á Chiquimulilla, donde se abastecen de sal: los de Cahabón traen algodón y cacao, que van expendiendo hasta Guatemala: los sampedranos viajan por la costa E. de Verapaz, donde tienen sus milperías y sus crianzas de cerdos, cosechan cacao y zarzaparrilla: van á las salinas de los Nueve Cerros, al Petén, etc. Los tactiqueños, generalmente cargadores, trafican desde Telemán y Panzós hasta Guatemala y los Altos: los indios de San Cristóbal y Santa Cruz, venden en toda la república lazos, redes, suyacales, huevos, etc. En fin, los de Cobán son algo más sedentarios; con todo, algunos de esos indios son nómades, y muchos de esos pueblos proveen de brazos á las doscientas fincas de café, que cuentan con tres millones y medio de árboles.

"Poco tiempo después de su establecimiento en la Verapaz, los domínicos, con el doble objeto de completar la educación religiosa de los indios y de reunirlos en las ciudades recién formadas, instituyeron varias cofradías, y he aquí el origen del gran número de estas asociaciones religiosas.

"Ocioso me parece entrar en pormenores acerca de los gastos y varios otros compromisos á que están sujetos todos los individuos de una cofradía; y son muchos los indígenas que, para evitar se les nombre mayordomos, prefieren abandonar sus casas é internarse en las montañas. Es mayor del que se piensa el número de los que se han desterrado voluntariamente[194]. Hay también que advertir, que algunos mayordomos de cofradía, que no son muy buenos administradores, por lo menos, tienen á veces que vender sus animales y hasta su casa, cuando se trata de celebrar la festividad de algún santo.

"He dicho que algunos indios son nómades, y esto es tan exacto, que durante la mayor parte del año, no se encuentra en el pueblo de San Pedro Carchá (el más numeroso de la Alta Verapaz, que hoy tiene 4,500 habitantes), sino la décima parte de ellos. Casi todos viven en sus milperías, las cuales distan hasta treinta leguas de San Pedro. Es bien sabido que los indios de ese pueblo en la Alta Verapaz y los de Santa Catarina Ixtahuacán en los Altos, no cesan de pedir tierras, y tratan de invadir constantemente terrenos ajenos. En la fiesta titular de Carchá (29 de junio) se puede juzgar del número de los sampedranos, porque entonces van á celebrar la fiesta del Patrón, consumiendo en menos de seis días, cerca de dos mil quinientas arrobas de aguardiente flojo, de mal gusto, entregándose á los regocijos semirreligiosos, que se resienten de antiguas costumbres, á zarabandas, bailes, etc. Escogen estos días para traer de la montaña á los niños, á fin de hacerlos bautizar: el número de bautizmos asciende á veces á más de ciento en un sólo día; y también traen á los moribundos para que el padre les administre los últimos sacramentos. La disminución de un pueblo que tuvo más de veinte mil almas, y el haberse dispersado en las montañas, es sin duda un mal grave, que debiera remediarse por medio de la predicación, de la persuasión, de la instrucción pública, del establecimiento de un hospital, y de un asilo para los huérfanos y los impedidos. De esta diseminación resulta evidentemente el relajamiento de las buenas costumbres, la falta total de instrucción en los niños, y esa timidez casi salvaje que se nota entre muchos indios, pues en los caminos reales se ve frecuentemente á las mujeres huir de la vista de un pasajero, esconder sus niños y ocultarse en el monte, hasta que ha desaparecido el español.

"Estos pormenores tienen su significación, y por eso los refiero aquí sin exagerar nada, y con el verdadero pesar que producen á todo aquel que abriga simpatías por la desgraciada raza indígena.