—¡Un tío faroles que anda buscándole tres patas al caballo de bronce!
—¡Soy una señora, y hagan el favor de dejarme en paz!
El vozarrón sonó bronco, áspero. Uno imitó el rugido de un trombón. Otro anunció con cavernoso sonido:
—¡Paso! ¡Paso, que es doña Trueno!
Aunque tarde, comprendió que su voz empeoraba la situación, y trató de dulcificar el tono, consiguiendo sólo aflautarla:
—¡Déjenme, por Dios! Soy una señora...
Una voz de tiple gimió burlona.
—¡Ay, mamá, que me comen, que me comen!
Y otra, también con relamido acento:
—¡Ay, Jesús!