Trató de imponérseles:
—O me dejan o llamo.
Pero sus enemigos encendían cerillas y estudiaban su rostro hombruno, adornado de barba y bigote.
—¡Es un hombre!
—¡Un tío!
—¡Ladrón¡ ¡gorrino!
—¡Asqueroso!
Las mujeres eran las más indignadas. Convertidas en furibundas arpías, azuzaban a los hombres:
—¡Arrastrarle!
—¡Matarle!