Sus audiencias no eran fáciles ni freqüentes; pero duraban mucho, y se adornaba esta funcion de grande aparato y solemnidad. Asistian á ellas los próceres que tenian entrada en su quarto, seis ó siete consejeros cerca de la silla, por si ocurriese alguna materia digna de consulta, y diferentes secretarios que iban notando, con aquellos símbolos que les servian de letras, las resoluciones y decretos, cada uno segun su negociacion. Entraba descalzo el pretendiente, y hacia tres reverencias sin levantar los ojos de la tierra, diciendo en la primera, Señor: en la segunda, mi Señor: y en la tercera, gran Señor. Hablaba en acto de mayor humiliacion, y se volvia despues á retirar por los mismos pasos, repitiendo sus referencias sin volver las espaldas, y cuidando mucho de los ojos; porque habia ciertos ministros que castigaban luego los menores descuidos; y Motezuma era observantísimo en estas ceremonias: cuidado que no se debe culpar en los Príncipes, por consistir en ellas una de las prerogativas que los diferencian de los otros hombres, y tener algo de substancia en el respeto de los súbditos estas delicadezas de la Magestad. Escuchaba con atencion, y respondia con severidad, midiendo, al parecer, la voz con el semblante. Si alguno se turbaba en el razonamiento, le procuraba cobrar, ó le señalaba uno de los ministros que le asistian, para que le habláse con ménos embarazo: y solia despacharle mejor, hallando en aquel miedo respectivo lisonja y discrecion. Preciabase mucho del agrado y humanidad con que sufria las impertinencias de los pretendientes, y la desproporcion de las pretensiones: y á la verdad procuraba por aquel rato corregir los ímpetus de su condicion; pero no todas veces lo podia conseguir, porque cedia lo violento á lo natural, y la soberbia reprimida se parece poco á la benignidad.
Comia solo, y muchas veces en público; pero siempre con igual aparato. Cubrianse los aparadores ordinariamente con mas de doscientos platos de varios manjares á la condicion de su paladar, y algunos de ellos tan bien sazonados, que no solo agradaron entónces á los Españoles, pero se han procurado imitar en España: que no hay tierra tan bárbara donde no se precie de ingenioso en sus desórdenes el apetito.
Antes de sentarse á comer registraba los platos, saliendo á reconocer las diferencias de regalos que contenian; y satisfecha la gula de los ojos, elegia los que mas le agradaban, y se repartian los demas entre los Caballeros de su guardia: siendo esta profusion quotidiana una pequeña parte del gasto que se hacia de ordinario en sus cocinas; porque comian á su costa quantos habitaban en palacio, y quantos acudian á él por obligacion de su oficio. La mesa era grande, pero baxa de pies, y el asiento un taburete proporcionado. Los manteles de blanco y sutil algodon, y las servilletas de lo mismo, algo prolongadas. Atajábase la pieza por la mitad con una baranda, ó biombo, que, sin impedir la vista, señalaba término al concurso, y apartaba la familia. Quedaban dentro cerca de la mesa tres ó quatro ministros ancianos de los mas favorecidos, y cerca de la baranda uno de los criados mayores que alcanzaba los platos. Salian luego hasta veinte mugeres vistosamente ataviadas, que servian la vianda, y ministraban la copa con el mismo género de reverencias que usaban en sus templos. Los platos eran de barro muy fino y solo servian una vez, como los manteles y servilletas, que se repartian luego entre los criados: los vasos de oro sobre salvas de lo mismo; y algunas veces solia beber en cocos ó conchas naturales costosamente guarnecidas. Tenian siempre á la mano diferentes géneros de bebidas, y él señalaba las que apetecia: unas con olor, otras de hierbas saludables, y algunas confecciones de ménos honesta calidad. Usaba con moderacion de los vinos, ó mejor diriamos cervezas, que hacian aquellos Indios, liquidando los granos del maiz por infusion y cocimiento, bebida que turbaba la cabeza como el vino mas robusto. Al acabar de comer tomaba ordinariamente un género de chocolate á su modo, en que iba la substancia del cacao batida con el molinillo hasta llenar la xicara de mas espuma que licor; y despues el humo del tabaco suavizado con liquidambar: vicio que llamaban medicina, y en ellos tuvo algo de supersticion, por ser el zumo de esta yerba uno de los ingredientes con que se dementaban y enfurecian los sacerdotes siempre que necesitaban de perder el entendimiento para entender al demonio.
Asistian ordinariamente á la comida tres ó quatro juglares de los que mas sobresalian en el número de sus sabandijas: y estos procuraban entretenerle, poniendo, como suelen, su felicidad en la risa de los otros; y vistiendo las mas veces en trage de gracia la falta de respeto. Solia decir Motezuma que los permitia cerca de su persona, porque le decian algunas verdades: (poco las apeteceria quien las buscaba en ellos, ó tendria por verdades las lisonjas): sentencia que se pondera entre sus discreciones; pero mas reparamos en que llegáse á conocer hasta un Príncipe bárbaro la culpa de admitirlos, pues buscaba colores con que honestarlo.
Despues del rato del sosiego solian entrar sus músicos á divertirle: y al son de flautas y caracoles, cuya desigualdad de sonidos concertaban con algun género de consonancia, le cantaban diferentes composiciones en varios metros, que tenian su número y cadencia: variando los tonos con alguna modulacion buscada en la voluntad de su oído. El ordinario asunto de sus canciones eran los acaecimientos de sus mayores, y los hechos memorables de sus Reyes; y estas se cantaban en los templos, y enseñaban á los niños, para que no se olvidasen las hazañas de su nacion, haciendo el oficio de la historia con todos aquellos que no entendian las pinturas y geroglíficos de sus anales. Tenian tambien sus cantilenas alegres, de que usaban en sus bayles, con estribillos y repeticiones de música mas bulliciosa: y eran tan inclinados á este género de regocijos, y á otros espectáculos en que mostraban sus habilidades, que, casi todas las tardes, habia fiestas públicas en alguno de los barrios, unas veces de la nobleza, y otras de la gente popular: y en aquella sazon fueron mas freqüentes, y de mayor solemnidad, por el agasajo de los Españoles, fomentándolas y asistiéndolas Motezuma contra el estilo de su austeridad; como quien deseaba con algun género de ambicion que se contasen los exercicios de la ociosidad entre las grandezas de su corte.
La mas señalada entre sus fiestas era un género de danzas que llamaban mitotes: componianse de innumerable muchedumbre; unos vistosamente adornados, y otros en trages y figuras extraordinarias. Entraban en ellas los nobles, mezclándose con los plebeyos en honor de la festividad: y tenian exemplar de haber entrado sus Reyes. Hacian el son dos atabales de madera cóncava, desiguales en el tamaño y en el sonido, baxo y tiple, unidos y templados no sin alguna conformidad. Entraban de dos en dos haciendo sus mudanzas: y despues formaban corro, hiriendo todos á un tiempo la tierra y el ayre con los pies, sin perder el compás. Cansado un corro, sucedia otro con diferentes saltos y movimientos, imitando los tripudios y coreas que celebró la antigüedad; y algunas veces se mezclaban todos en alegre inquietud, hasta que, mediando los brindis, y venciendo la embriaguez, de que se hacia gala en estos dias, cesaba la fiesta, ó se convertia en otra locura ménos ordenada.
Juntabase otras veces el pueblo en las plazas ó en los atrios de sus templos á diferentes espectáculos y juegos. Habia desafíos de tirar al blanco, y hacer otras destrezas admirables con el arco y la flecha. Usaban de la carrera y la lucha con sus apuestas particulares, y premios públicos para el vencedor. Tenian hombres agilísimos que baylaban sin equilibrio en la maroma; y otros que hacian mudanzas y vueltas con segundo baylarin sobre los hombros. Jugaban tambien á la pelota igual número de competidores con un género de goma que levantaba mucho los botes, y la traían largo rato en el ayre, hasta que ganaban la raya los que daban con ella en el término contrapuesto: victoria que se disputaba con tanta solemnidad, que venian los sacerdotes con el Dios de la pelota (ridícula supersticion!) y colocándole á la vista, conjuraban el trinquete con ciertas ceremonias, que, á su parecer, dexaban corregidos los azares del juego, igualando la fortuna de los jugadores.
Raros eran los dias en que no hubiese alguna fiesta que alegráse la ciudad: y Motezuma gustaba de que se freqüentasen los bayles y los regocijos; no porque fuesen de su genio, ni dexáse de conocer los inconvenientes que se perdonan, ó se disimulan en estos bullicios de la plebe; sino porque hallaba conveniencia en traer divertidos aquellos ánimos inquietos, de cuya fidelidad vivia rezeloso. Propia cavilacion de Príncipe tirano, dexar al pueblo estos incitamentos de los vicios, para que no discurra en lo que padece: y mayor servidumbre de la tiranía, necesitar de indignas permisiones, para introducir la servidumbre con especie de libertad.