Pero no bastaron aquellas lágrimas de Motezuma para que se rezeláse Cortés entónces de su liberalidad, ni conociese que se trataba de su despacho final; en que se dexó llevar del primer sonido con alguna disculpa: porque donde halló introducida como verdad infalible aquella notable aprehension de los descendientes de Quezalcoál, y tenian á su Rey indubitable por uno de ellos, no le pareceria tan irregular esta demostracion, que se debiese mirar como afectada ó sospechosa. Sobre cuyo presupuesto pudo tambien atribuir el llanto de Motezuma, y aquella congoja con que llegó á pronunciar las cláusulas del vasallage, á la misma violencia con que se desprende la corona, y se mide la suma distancia que hay entre la soberanía y la sujecion: caso verdaderamente de aquellos en que puede faltar el ánimo con algo de magnanimidad. Pero se debe creer que Motezuma, por mas que miráse al Rey de España como legítimo sucesor de aquel Imperio, no tuvo intento de cumplir lo que ofrecia. Su mira fué deshacerse de los Españoles, y tomar tiempo para entenderse despues con su ambicion, sin hacer mucho caso de su palabra: y no estaria fuera de su centro entre aquellos Reyes bárbaros la simulacion, cuya indignidad, bastante á manchar el pundonor de un hombre particular, pusieron otros bárbaros estadistas entre las artes necesarias del reynar.
Desde aquel dia, como quiera que fuese, quedó reconocido el Emperador Carlos Quinto por Señor del Imperio Mexicano, legítimo y hereditario en el sentir de aquella gente, y en la verdad destinado por el Cielo á mejor posesion de aquella corona; sobre cuya resolucion se formó público instrumento con todas las solemnidades que parecieron necesarias, segun el estilo de los homenages que solian prestar á sus Reyes: dando este allanamiento de Príncipe y vasallos poco mas que el nombre de Rey al Emperador; y siendo una como insinuacion misteriosa del título que se debió despues al derecho de las armas, sobre justa provocacion, como lo verémos en su lugar: circunstancia particular, que concurrió en la conquista de México para mayor justificacion de aquel dominio, sobre las demas consideraciones generales, que no solo hicieron lícita la guerra en otras partes, sino legítima y razonable siempre que se puso en términos de medio necesario para la introduccion del Evangelio.
CAPITULO IV.
Entra en poder de Hernan Cortés el oro y joyas que se juntaron de aquellos presentes. Dicele Motezuma con resolucion que trate de su jornada: y él procura dilatarla sin replicarle, al mismo tiempo que se tiene aviso de que han llegado navios Españoles á la costa.
No se descuidó Motezuma en acercarse como pudo al fin que deseaba, resuelto á ganar las horas en el despacho de los Españoles, y ya violento en aquel género de sujecion que se habia obligado á conservar, porque no dexáse de parecer voluntaria. Entregó con este cuidado á Cortés el presente que tenia prevenido, y se componia de varias curiosidades de oro con alguna pedrería, unas de las que usaba en el adorno de su persona, y otras de las que se guardaban por grandeza, y servian á la ostentacion: diferentes piezas del mismo género y metal en figura de animales, aves y pescados, en que se miraba como segunda riqueza el artificio: cantidad de aquellas piedras que llamaban chalcuítes, parecidas en el color á las esmeraldas, y en la vana estimacion á nuestros diamantes: y algunas pinturas de pluma, cuyos colores naturales ó imitaban mejor, ó tenian ménos que fingir en la imitacion de la naturaleza; dádiva de ánimo real que se hallaba oprimido, y trataba de poner en precio su libertad.
Siguieronse á esta demostracion los presentes de los nobles, que venian con título de contribucion y se reduxeron á piezas de oro, y otras preseas de la misma calidad, en que se compitieron unos á otros con deseo, al parecer, de sobresalir en la obediencia de su Rey, y mezclando esta subordinacion con algo de propia vanidad. Todo venia dirigido á Motezuma, y pasaba con recado suyo al quarto de Cortés. Nombraronse contador y tesorero, para que se lleváse la razon de lo que se iba recibiendo: y se juntó en breves dias tanta cantidad de oro, que, reservando las joyas, y piezas de primor, y habiéndose fundido lo demas se hallaron seiscientos mil pesos reducidos á barras de buena ley: de cuya suma se apartó el quinto para el Rey; y del residuo, segundo quinto para Hernan Cortés, con beneplácito de su gente, y cargo de acudir á las necesidades públicas del exército. Separó tambien la cantidad en que estaba empeñado para satisfacer la deuda de Diego Velazquez, y lo que le prestaron sus amigos en la Isla de Cuba; y lo demas se repartió entre los Capitanes y soldados, comprehendiendo á los que se hallaban en la Vera Cruz.
Dieronse iguales porciones á los que tenian ocupacion; pero entre los de plaza sencilla hubo alguna diferencia, porque fueron mejor remunerados los de mayores servicios, ó ménos inquietos en los rumores antecedentes: peligrosa equidad, en que hace agraviados el premio, y quejosos la comparacion. Hubo murmuraciones y palabras atrevidas contra Hernan Cortés, y contra los Capitanes; porque al ver tanta riqueza junta, querian igual recompensa los que merecian ménos; y no era posible llenar su codicia, ni conviniera fundar en razon la desigualdad.
Bernal Diaz del Castillo discurre con indecencia en este punto, y gasta demasiado papel en ponderar y encarecer lo que padecieron los pobres soldados en este repartimiento; hasta referir como donayre ó discrecion lo que dixo este ó aquel en los corrillos.