Ferrando. Atreverse a galantear a una de las primeras damas de su Alteza. Un hombre sin solar, digo, que sepamos.

Jimeno. No negaréis, sin embargo, que es un caballero valiente y galán.

Guzmán. Sí, eso sí... pero en cuanto a lo demás[16]... Y luego, ¿quién es él? ¿Dónde está el escudo de sus armas? Lo que me decía anoche el Conde: «Tal vez será algún noble pobretón, algún hidalgo de gotera.»

Jimeno. Pero al cuento.

Guzmán. Al cuento: ya sabéis que yo gozo de la confianza del Conde; anoche me dijo, estando los dos solos en su cuarto: «Escucha, Guzmán; quiero que me acompañes; sólo a ti me atrevo a confiar mis designios, porque siempre me has sido fiel; esta noche ha de ser fatal para mí, o he de llegar al colmo de la felicidad suprema!» Sígueme, añadió, y atravesó con paso precipitado las galerías, instruyéndome en el camino de su proyecto.

Jimeno. ¿Y qué?

Guzmán. Su intento era entrar en la habitación de Leonor, para lo cual[17] se había proporcionado una llave.

Jimeno. ¿Cómo!... ¿En palacio!... ¿Y se atrevió al fin?

Guzmán. Entró efectivamente; pero en el momento mismo, cuando lleno de amor y de esperanza se le figuraba que iba a tocar la felicidad suprema, un preludio del laúd del maldito trovador vino a sacarle de su delirio.

Ferrando. ¡Del trovador!