Guzmán. Del mismo; estaba en el jardín. Allí, dijo don Nuño con un acento terrible, allí estará también ella; y bajó furioso la escalera. La noche era oscurísima; el importuno cantor, que nunca pulsó el laúd a peor tiempo, se retiró creyendo sin duda que era mi amo algún curioso escudero; a poco rato bajó la virtuosa Leonor, y equivocando a mi señor con su amante, le condujo silenciosamente a lo más oculto del[18] jardín. Bien pronto las atrevidas palabras del Conde la hicieron conocer con quién se las había[19]... la luna, hasta entonces prudentemente encubierta con una nube espesísima, hizo brillar un instante el acero del celoso cantor delante del pecho de mi amo; poco duró el combate; la espada del Conde cayó a los pies de su rival, y un momento después ya no había un alma en todo el jardín.
Jimeno. ¿Y no os parece, como a mí, que el Conde hace muy mal en exponer así su vida? Y si llegan a saber[20] sus Altezas semejantes locuras...
Guzmán. Calle... parece que se ha levantado ya...
Jimeno. Temprano para lo que ha dormido.[21]
Ferrando. Los enamorados, dicen que no duermen.
Guzmán. Vamos allá, no nos eche de menos.[22]
Ferrando. Y hoy que estará de mala guisa.
Jimeno. Sí, vamos.
ESCENA II
Cámara de doña Leonor en el palacio