Leonor. Sí, pero juzgué engañada
que eras tú, con voz pausada
cantar una trova oí.
Era tu voz, tu laúd;
era el canto seductor
de un amante trovador
lleno de tierna inquietud.
Turbada, perdí mi calma,
se estremeció el corazón,
y una celeste ilusión
me abrasó de amor el aúna.
Me pareció que te vía[30]
en la oscuridad profunda,
que a la luna moribunda
tu penacho descubría.
Me figuré verte allí
con melancólica frente,
suspirando tristemente
tal vez, Manrique, por mí.
No me engañaba... un temblor
me sobrecogió un instante...
era sin duda mi amante,
era ¡ay Dios! mi trovador.
Manrique. Si fuera verdad, mi vida
y mil vidas que tuviera,
ángel hermoso, te diera.
Leonor. ¿No te soy aborrecida?
Manrique. ¿Tú, Leonor? ¿Pues por quién
así en Zaragoza entrara,
por quién la muerte arrostrara
sino[31] por ti, por mi bien?
¿Aborrecerte! ¿Quién pudo
aborrecerte, Leonor?
Leonor. ¿No dudas ya de mi amor,
Manrique?
Manrique. No, ya no dudo.
Ni así pudiera vivir;
me amas, ¿es verdad? Lo creo,
porque creerte deseo
para amarte y existir.
Porque me fuera la muerte
más grata que tu desdén.
Leonor. ¡Trovador!
Manrique. No más; ya es bien
que parta.
Leonor. ¿No vuelvo a verte?
Manrique. Hoy no, más tarde será.