Manrique. Mi objeto era el de haceros feliz. Las montañas de Vizcaya no podían suministrar a mi ambición recursos para elevarme a la altura de mis ilusiones. Seguí a don Diego hasta Zaragoza, porque se decidió a protegerme, y yo decía para mí: «Algún día sacaré a mi madre de la miseria»; pero vos no lo habéis querido.
Azucena. No, yo soy feliz; yo no ambiciono alcázares[55] dorados; tengo bastante con mi libertad y con las montañas donde vivieron siempre nuestros padres.
Manrique. ¡Siempre!
Azucena. Pero, hijo mío, la pobreza tiene muchos inconvenientes, y tu familia los ha experimentado muy terribles.
Manrique. ¿Mi familia?
Azucena. Nada me has preguntado nunca acerca de ella.
Manrique. No me he atrevido... no sé por qué se me ha figurado que me habíais de contar alguna cosa horrible.
Azucena. ¡Tienes razón, una cosa horrible!... Yo, para recordarlo, no podría menos de estremecerme... ¿Ves esa hoguera? ¿Sabes tú lo que significa esa hoguera? Yo no puedo mirarla sin que se me despegue la carne de los huesos, y no puedo apartarla de mí, porque el frío de la noche hiela todo mi cuerpo.
Manrique. Pero, ¿por qué os habéis querido fijar en este sitio?
Azucena. Porque este sitio tiene para mí recuerdos muy profundos... desde aquí se descubren los muros de Zaragoza... éste era, éste, el sitio donde murió.