Manrique. ¿Quién, madre mía?
Azucena. Es verdad, tú no lo sabes, y sin embargo era mi madre, mi pobre madre, que nunca había hecho daño a nadie. ¡Pero dieron en decir[56] que era bruja!...
Manrique. ¿Vuestra madre?
Azucena. Sí; la acusaron de haber hecho mal de ojo[57] al hijo de un caballero, de un Conde. No hubo compasión para ella, y la condenaron a ser quemada viva.
Manrique. ¡Qué horror!... Bárbaros... ¿Y lo consumaron?
Azucena. En este mismo sitio, donde está esa hoguera.
Manrique. ¡Gran Dios!
Azucena. Yo la seguía de lejos, llorando mucho; como quien llora por una madre. Llevaba yo a mi hijo en los brazos, a ti; mi madre volvió tres veces la cabeza para mirarme bendecirme. La última vez cerca del suplicio... allí me miró haciendo un gesto espantoso, y con una voz ahogada y ronca me gritó: «¡Véngame!» Aquella palabra... no la puedo olvidar... aquella palabra se grabó en mi alma, en todos mis sentidos, y yo juré vengarla de una manera horrorosa.
Manrique. Sí, ¿y la vengasteis... es verdad? Tendría un placer en saberlo. Mil crímenes, mil muertes no eran bastantes.
Azucena. Pocos días después tuve ocasión de conseguirlo. Yo no hacía otra cosa que[58] rodear la casa del Conde que había sido causa de la muerte de aquella desgraciada... un día logré introducirme en ella y le arrebaté al niño, y dos minutos después ya estaba yo en este sitio, donde tenía preparada la hoguera.