Manrique. ¿Y tuvisteis valor?
Azucena. El inocente lloraba y parecía querer implorar mi compasión... Tal vez me acariciaba,... Dios mío, yo no tuve valor... yo también era madre... (Llorando.)
Manrique. ¿Y en fin?
Azucena. Yo no había olvidado, sin embargo, a la infeliz que me había dado el ser; pero los lamentos de aquella infeliz criatura me desarmaban, me rasgaban el corazón. Esta lucha era superior a mis fuerzas, y bien pronto se apoderó de mí una convulsión violenta... yo oía confusamente los chillidos del niño y aquel grito que me decía: «¡Véngame!» Pero de repente, y como en un sueño, se me puso delante de los ojos aquel suplicio, los soldados con sus picas, mi madre desgreñada y pálida, que con paso trémulo caminaba despacio, muy despacio, hacia la muerte, y que volvía la cara para mirarme, para decirme: «¡Véngame!» Un furor desesperado se apoderó de mí, y desatentada y frenética, tendí las manos buscando una víctima; la encontré, la así con una fuerza convulsiva, y la precipité entre las llamas. Sus gritos horrorosos ya no sirvieron sino para sacarme de aquel enajenamiento mortal... abrí los ojos, los tendí a todas partes... la hoguera consumía una víctima, y el hijo del Conde estaba allí. (Señalando a la izquierda.)
Manrique. ¡Desgraciada!
Azucena. Había quemado a mi hijo.
Manrique. ¡Vuestro hijo! ¿Pues quién soy yo, quién?... Todo lo veo.
Azucena. ¿Te he dicho que había quemado a mi hijo?... No... he querido burlarme de tu ambición... tú eres mi hijo; él del Conde, sí, él del Conde era él que abrasaban las llamas... ¿No quieres tú que yo sea tu madre?
Manrique. Perdonad.
Azucena. ¡Ingrato! ¿No te he prodigado una ternura sin límites?