Manrique. Perdonad; merezco vuestras reconvenciones. Mil veces dentro en mi corazón, os lo confieso, he deseado que no fueseis mi madre, no porque no os quiera con toda el alma, sino porque ambiciono un nombre, un nombre que me falta. Mil veces digo para mí, si yo fuese un Lanuza, un Urrea...

Azucena. ¡Un Artal![59]...

Manrique. No, un Artal, no, es apellido que detesto; primero el hijo de un confeso. Pero, a pesar de mi ambición, os amo, madre mía; no... yo no quiero sino ser vuestro hijo. ¿Qué me importa un nombre? Mi corazón es tan grande como él de un rey... ¿Qué noble ha doblado nunca mi brazo?

Azucena. Sí, sí. ¿A qué ambicionar más?

Manrique. Aún no viene. (Llegándose a la puerta.)

Azucena. Pero sin embargo, estás muy triste... ¿Te devora algún pesar secreto? ¿Sientes tú haber nacido de unos padres sí humildes? No temas, yo no diré a nadie que soy tu madre, me contentaré con decírmelo a mí propia, y en vanagloriarme interiormente. ¿Estás contento?

ESCENA II

Los Mismos y Ruiz

Manrique. Ahí está.

Azucena. ¿Esperabas a ese hombre?