Manrique. Sí, madre.
Azucena. No temas, no me verá. (Se aparta a un lado.)
Ruiz. ¿Estáis pronto?
Manrique. ¿Eres tú, Ruiz?
Ruiz. El mismo; todo está preparado.
Manrique. Marchemos.
ESCENA III
Azucena
Azucena. Se ha ido sin decirme nada, sin mirarme siquiera. ¡Ingrato! No parece sino que conoce mi secreta... ¡Ah! Que no sepa nunca[60]... Si yo le dijera: «Tú no eres mi hijo, tu familia lleva un nombre esclarecido, no me perteneces...» me despreciaría y me dejaría abandonada en la vejez. Estuvo en poco que no se lo descubriera[61]... ¡Ah! No, no lo sabrá nunca. ¿Por qué le perdoné la vida sino para que fuera mi hijo?