Ferrando. Más de una vez.

Guzmán. ¿A la gitana?

Ferrando. ¡No, qué disparate; no...! Al alma de la gitana; unas veces bajo la figura de un cuervo negro; de noche regularmente en búho. Ultimamente, noches pasadas, se transformó en lechuza.

Guzmán. ¡Cáspita!

Jimeno. Adelante.

Ferrando. Y se entró en mi cuarto a sorberse el aceite de mi lámpara; yo empecé a rezar un Padre nuestro en voz baja... ni por ésas;[11] apagó la luz y me empezó a mirar con unos ojos tan relucientes;[12] se me erizó el cabello; tenía un no sé qué de diabólico[13] y de infernal aquel espantoso animalejo. Ultimamente, empezó a revolotear por la alcoba... yo sentí en mi boca el frío beso de un labio inmundo; di un grito de terror exclamando: ¡Jesús! y la bruja espantada lanzó un prolongado chillido, precipitándose furiosa por la ventana.

Guzmán. ¡Me contáis cosas estupendas! Y en pago del buen rato que me habéis hecho pasar, voy a contaros otras no menos raras y curiosas, pero que tienen la ventaja de ser más recientes.

Ferrando. ¿Cómo!

Guzmán. Se entiende que nada de esto debe traslucirse, porque es una cosa que sólo a mí, a mí particularmente se me ha confiado.

Jimeno. ¿Pero de quién?