Azucena. Tú no podrás socorrerme; vendrán muchos contra ti, y tus fuerzas se agotarán; pero no temas por mí, yo estoy libre de su furor.
Manrique. ¿Vos?
Azucena. Sí; los tiranos no mandan sobre el sepulcro, ni el verdugo puede martirizar una carne que no siente. Acércate... Mira esta frente pálida; ¿no está pintada en ella la muerte?
Manrique. ¿Qué decís?
Azucena. Sí; desde esta mañana he sentido que me abandonaban las fuerzas, que mis miembros se torcían; un velo de sangre ha ofuscado más de una vez mis ojos, y un zumbido espantoso ha resonado continuamente en mis oídos... se me figuraba que oía el llamamiento a la eternidad... ¡La eternidad! Y ya voy a salir de esta vida con el alma emponzoñada...
Manrique. Por favor.
Azucena. Y van a matarme...
Manrique. ¡A mataros! ¿Y por qué? ¡Porque sois mi madre, y yo soy la causa de vuestra muerte! ¡Madre mía, perdón!
Azucena. No temas. ¿A qué llorar por mí? No, no tendrán el placer de tostarme como a mi madre; siento que mi vida se acaba por instantes,[91] pero quisiera morir pronto. ¿No es verdad que se llenarán de rabia cuando vengan a buscar una víctima y encuentren un cadáver, menos que un cadáver... un esqueleto? ¡Ja... ja... ja...! Quisiera yo verlo para gozarme de su desesperación. Cuando vean mis ojos quebrados, cuando toquen mi mano seca y fría como el mármol...
Manrique. ¡No me atormentéis, por piedad!