Azucena. ¿Oyes? ¿Oyes ese ruido? Mátame... pronto, para que no me lleven a la hoguera. ¿Sabes tú qué tormento es el fuego?
Manrique. ¿Y tendrán valor?
Azucena. Sí; lo tuvieron para mi madre; debe ser horroroso ese tormento...¡La hoguera! Y siempre la tengo delante, y siempre con sus llamas que queman, que quitan la vida con desesperados tormentos.
Manrique. No más, no más. 5
Azucena. Me acuerdo de cuando achicharraron a tu abuela; iba cubierta de harapos; sus cabellos, negros como las alas del cuervo, ocultaban casi enteramente su cara; yo, tendida en el suelo, arañando frenética mi rostro, había apartado mis ojos de aquel espectáculo, que no podía suportar; pero mi madre me llamó, y yo corrí hasta los pies del cadalso... los verdugos me rechazaron con aspereza, no me dejaron darla siquiera un beso, y la metieron en el fuego... Todavía retiembla en mi oído el acento de aquel grito desesperado que le arrancó el dolor... Debe ser horrible, precisamente horrible ese suplicio; aquel grito desentonado expresaba todos los tormentos de su cuerpo, y los verdugos se reían de sus visajes, porque la llama había quemado sus cabellos, y sus facciones contraídas, convulsas, y sus ojos desencajados, daban a su rostro una expresión infernal...¡Y esto les hacía reír!
Manrique. ¿No podéis olvidar todo eso? ¿Por qué no procuráis descansar?
Azucena. Sí; eso querría, pero...¿y la hoguera? ¿Y si durmiendo me llevan a la hoguera?
Manrique. No, no vendrán.
Azucena. ¿Me lo prometes tú?
Manrique. Os lo ofrezco, madre mía; podéis reposar un momento.