Leonor. Yo, sí... yo soy;
a tu lado al fin estoy,
para calmar tu aflicción.
Manrique. Sí; tú sola mi delirio
puedes, hermosa, calmar;
ven, Leonor, a consolar
amorosa mi martirio.
Leonor. No pierdas tiempo, por Dios...
Manrique. Siéntate a mi lado, ven.
¿Debes tú morir también?
Muramos juntos los dos.
Leonor. No, que en libertad estás.
Manrique. ¿En libertad!
Leonor. Sí; ya el Conde...
Manrique. ¿Don Nuño, Leonor! Responde,
responde... ¡Cielo! ¿Esto más!
¡Tú a implorar por mi perdón
del tirano a los pies fuiste!...
Quizá también le vendiste
mi amor y tu corazón.
No quiero la libertad
a tanta costa comprada.
Leonor. Tu vida...
Manrique. ¿Qué importa? Nada...
quítamela, por piedad;
clava en mi pecho un puñal
antes que verte perjura,
llena de amor y ternura,
en los brazos de un rival.
¡La vida! ¿Es algo la vida?
Un doble martirio, un yugo...
llama que venga el verdugo
con el hacha enrojecida.