Leonor. ¿Qué te dice mi inquietud?
Manrique. Tarde conocí mi error.
Leonor. ¡Si vieras cuál se extremece
mi corazón! ¿Por qué, di,
obstinarte? Hazlo por mí,
por lo que tu amor padece.
Sí; este momento quizá...
¿No ves cuál tiemblo? Quisiera
ocultarlo si pudiera;
pero no, no es tiempo ya.
Bien sé que voy tu aflicción
a aumentar, pero ya es hora
de que sepas cuál te adora
la que acusas sin razón.
Aborréceme, es mi suerte;
maldíceme si te agrada,
mas toca mi frente helada
con el hielo de la muerte.
Tócala, y si hay en tu seno
un resto de compasión,
alivia mi corazón,
que abrasa un voraz veneno...
Manrique. ¡Un veneno!... ¿Y es verdad?
Y yo, ingrato, la ofendí
cuando muriendo por mí...
un veneno...
Leonor. Por piedad,
ven aquí, por compasión,
a consolar mi agonía.
¿No sabes que te quería
con todo mi corazón?
Manrique. Me matas.
Leonor. Manrique, aquí,
aquí me siento abrasar.
¡Ay! ¡ay! Quisiera llorar,
y no hay lágrimas en mí.
¡Ay! juventud malograda,
por tiranos perseguida!
¡Perder tan pronto una vida
para amarte consagrada!
(Se ve brillar un momento el resplandor de una luz en
la ventana de la izquierda.)
¡Mira, Manrique, esa luz...
vienen a buscarte ya;
no te apartes, ven acá,
por el que murió en la cruz!
Manrique. Que vengan... ya entregaré
mi cuello sin resistir;
lo quiero; anhelo morir...
muy pronto te seguiré.
Leonor. ¡Ay! Acércate...
Manrique. ¡Amor mío!...