Leonor. Me muero, me muero ya
sin remedio; ¿dónde está
tu mano?

Manrique. ¡Qué horrible frío!

Leonor. Para siempre... ya...

Manrique. ¡Leonor!

Leonor. ¡Adiós!... ¡adi... os!
(Espira; un momento de pausa.)

Manrique. ¡La he perdido!
¡Ese lúgubre gemido!
es el último de amor.
Silencio, silencio; ya
viene el verdugo por mí...
Allí está el cadalso, allí,
y Leonor aquí está.
Corta es la distancia, vamos,
que ya el suplicio me espera.
(Tropieza con Azucena.)
¿Quién estaba aquí? ¿Quién era?

Azucena. ¿Es hora de que partemos?
(Entre sueños.)

Manrique. A morir dispuesto estoy...
Mas no; esperad un instante;
a contemplar su semblante,
a adorarla otra vez voy.
Aquí está... Dadme el laúd;
en trova triste y llorosa,
en endecha lastimosa
os contaré su virtud.
Una corona de flores
dadme también; en su frente
será aureola luciente,
será diadema de amores.
Dadme, vereisla brillar
en su frente hermosa y pura;
mas llorad su desventura
como a mí me veis llorar.
¡Qué funesto resplandor!
¿Tan pronto vienen por mí?
El verdugo es aquél... sí;
tiene el rostro de traidor.

ESCENA VIII

Los de la escena anterior, Don Nuño, Don Guillén, Don Lope y Soldados con luces