—He vergüenza, porque no la conozco.
Y diciendo esto me detuve.
Ella puso los ojos en mí, diciendo:
—¡Oh bondad generosa de aquella muy noble Salvia, tu madre, prima mía, que en todo le pareces! Llégate a mí, que yo soy aquella Birrena, tu tía, cuyo nombre bien has oído muchas veces a tus padres. Ruégote que vengas a mi posada, aunque mejor diré a la tuya.
A esto respondí con mucha mesura y cortesía:
—Señora, yo poso en casa de Milón, y no me será bien contado mudar de posada; lo que haré será que te visitaré muchas veces.
Hablando estas y otras cosas llegamos a su casa, la cual era muy hermosa y bien labrada. Había en ella cuatro órdenes de columnas de mármol, y sobre cada columna de las esquinas estaba una estatua de la diosa de la Victoria, tan artificiosamente labradas, con sus rostros, alas y plumas, que parecía que querían volar. De la otra parte estaba la estatua de la diosa Diana, hecha de mármol muy blanco, enfrente de la entrada de la puerta. Estaba esta diosa tan pulidamente labrada, que parecía que el aire llevaba su vestidura y que se movía y andaba, y en su presencia mostraba gran majestad. Alderredor de ella estaban sus lebreles, hechos del mismo mármol, que parecía que amenazaban con los ojos, las orejas alzadas, las narices y las bocas abiertas. A las espaldas de esta diosa estaba una piedra muy grande, cavada en manera de cueva, en la cual había esculpidas hierbas de muchas maneras, con sus troncos y hojas, pámpanos y parras, y otras flores que resplandecían dentro de la cueva con la claridad de la estatua Diana, que era de mármol muy claro, y resplandeciente. Pensaras que viniendo el tiempo de las uvas, cuando ellas maduran, que podrás coger de ellas para comer. Y si miraras las fuentes que a los pies de la diosa corrían como un arroyo, creyeras que los racimos que cuelgan de las parras eran verdaderos, que aun no carecen de movimiento dentro en el agua. En medio de estos árboles y flores estaba la imagen del rey Acteón; estaba mirando cómo ella se lavaba en la fuente y cómo él se tornaba ciervo montés.
Andando yo mirando esto con mucho placer, dijo aquella Birrena, mi tía:
—Tuyo es todo lo que aquí ves.
Y diciendo esto mandó a los que allí estaban que se apartasen, que quería hablar un poco secreto; los cuales apartados, me dijo: