—Lucio, hijo muy amado, por esta diosa que delante de nos está, que tengo mucha compasión y ansia de ti, deseando cómo proveerte y remediarte, porque no te querría ver en esta tierra, ni en otra, en peligros y trabajos que ligeramente vienen a las personas. Guárdate fuertemente de las malas artes y peores halagos de aquella Pánfila, mujer de tu huésped Milón, porque es gran mágica y maestra de cuantas hechicerías se pueden pensar; que con cogollos de árboles y pedrezuelas y semejantes cosas, con ciertas palabras hace que la luz del día se torne tinieblas, y que la mar se levante y la tierra tiemble. Y si ve algún gentilhombre que tenga buena disposición, luego se enamora de él, y le hace tales encantamentos, que le ata el cuerpo y el alma, y después que se harta de él, conviértelo en piedra o en bestia, o en otra forma que ella quiere, y a otros mata. Esto te digo temblando, porque te guardes, que es muy enamorada, y tú, como eres mozo y gentilhombre, agradarle has.

Esto me decía mi tía con harta congoja y pena que de mí tenía. Mas yo holgué mucho de saber que mi huéspeda era mágica, porque pretendía alcanzar algo de ella. Y disimulando con mi tía lo mejor que pude, me despedí, pidiéndome que la visitase muchas veces, ya que no quería aceptar su posada. De esta manera salí de manos de mi tía, que ya no veía la hora de verme en casa de Milón, mi huésped.

II.

Cómo Lucio Apuleyo se enamoró de Andria, la moza de su huésped Milón, y lo que pasó con ella.

Después que me aparté de mi tía me iba para casa de mi huésped; en el camino decía entre mí:

—Ea, Lucio, vélate bien, que ahora tienes entre las manos lo que tanto deseabas. Desecha de ti todo miedo, porque puedas presto alcanzar lo que deseas; pero mira bien que te apartes de no hacer vileza ni ensuciar la cama y honra de tu huésped Milón. Con todo eso bien puedes requerir de amores a Andria su criada, que parece agudilla, bonica y alegre. Aun bien te debes recordar cuando anoche te ibas a dormir, cómo ella te acompañó mostrándote la cámara, y cubriéndote con la ropa después de acostado, y te besó en la cabeza, partiéndose de allí contra su voluntad.

Yendo yo disputando entre mí estas cosas, llegué a la casa de Milón, y, como dicen, yo por mis pies confirmé la sentencia de lo que había pensado.

Entrando en casa, ni hallé a Milón ni tampoco a su mujer, que eran idos fuera, sino a sola mi Andria, que aparejaba de comer para sus amos. Estaba vestida de blanco, su camisa limpia, y ceñida una faja blanca por debajo de la tetas; y con sus manos blancas y lindas estaba haciendo unos pasteles; y como traía alderredor la masa, ella también se movía tan apaciblemente, que yo, con lo que veía, estaba enamorado de ella; y lo más cortésmente que pude, dije:

—Señora Andria, con tanta gracia y donaire aparejas este manjar, que yo creo ser más dulce y sabroso que otro alguno. Cierto, será dichoso aquel que dejares tocar a tus vestidos.

Ella, como era viva y decidora, me dijo: