—Anda, mezquino, quítate de aquí, vete de la cocina, no te llegues al fuego, porque si un poco del mío te tocare, arderás de dentro, que nadie podrá apagarlo sino yo, que sé muy bien merecer la olla y cama.

Diciendo esto mirome y riose; pero yo no me partí de allí hasta que le toqué con mis manos por su cuerpo, y dejadas las particularidades de su persona, porque todas eran cabales, yo me enamoré tanto de sus cabellos, que en público nunca partía los ojos de ellos, tanto les era su aficionado. Entonces tuve por cierta razón y conocí que la cabeza y cabellos es la parte principal de la hermosura en las mujeres, por dos razones, o porque es la primera cosa que nos ocurre a los ojos, o porque adorna la cabeza de la manera que los vestidos adornan las otras partes del cuerpo. Si trasquilasen la más hermosa mujer que hubiese en el mundo, aunque fuese la diosa Venus, acompañada de sus ninfas graciosas, con su Cupido y toda la más compañía que le sigue, con su arreo de cinta de oro y hermosas cadenas al cuello, y olores de cinamomo y bálsamo, si viniere sin cabellos, no aplacerá ni aun a su marido Vulcano. ¿Qué color puede más agradar que el natural de sus cabellos? Tanta es la gracia de ellos, que, aunque una mujer esté vestida de seda y oro y piedras preciosas, si no mostrase sus cabellos, no podrá estar perfectamente ornada ni ataviada.

Pero en Andria, mi señora, no el atavío de su persona, mas estando revuelta como estaba, le daba más gracia. Ella los tenía espesos y largos que le llegaban abajo de la cintura, y con una redecilla de oro ligados con un nudo muy artificialmente dado, que le daba mucha gracia. De manera que yo no me pude sufrir, y tomándola por el trenzado, la empecé a besar.

Ella me dijo:

—Oyes tú, escolar, dulce y amargo gusto tomas, pues mira que te aviso que, a trueque de comer de la miel, no gustes después la hiel.

Yo le respondí:

—Mi señora, por solo darte un beso a mi contento, sufriré veinte mil penas.

Y sintiendo yo que ella estaba ya encendida en mi amor, la abracé y besé muy a mi placer, y prometiome que esa noche se acostaría conmigo. Así que con esta promesa nos partimos por entonces.

Después, ya que era mediodía, mi tía Birrena me envió un presente de media docena de gallinas, un lechón y un barril de vino añejo. Yo lo entregué a Andria, como despensera de la miserable casa de Milón, y díjele:

—Ves aquí, señora, el dios del amor e instrumento de nuestro placer, viene sin llamarlo, de su propia gana. Bebámoslo sin que gota quede, porque nos quite la vergüenza y nos incite la fuerza de nuestra alegría, que esta es la vitualla o provisión que ha menester el navío de Venus; conviene, a saber, que en la noche sin sueño abunde en el candil aceite y vino en la copa.