Después que hube comido, me fui otra vez al baño; ya la noche me recogí a casa, y convidome a cenar mi huésped.
Senteme a una pequeña mesilla, guardándome cuanto podía de la vista de Pánfila, su mujer, porque acordándome del aviso que me había dado mi tía, parecíame que veía el infierno cuando la miraba, y por eso empleaba los ojos en mi Andria.
En esto, como vino la noche y encendieron lumbre, la mujer de Milón, mirando el candil, dijo:
—Cuán grande agua hará mañana.
El marido le preguntó que cómo lo sabía.
Ella le respondió que la lumbre se lo decía.
Milón, riéndose, dijo:
—Por cierto la gran sibila profetisa mantenemos en este candil que todas las cosas que han de ser nos dice primero.
Yo entremetime a hablar en su plática, y dije:
—Pues sabe que este es el principal argumento de la adivinación, y no te maravilles, porque como esta sea lumbre encendida por manos de hombres, a semejanza de aquel fuego mayor que está en el cielo, y, por tanto, se puede adivinar todo. Yo vi ahora en Corinto, antes que de allí partiese, un sabio que allí es venido, que toda la ciudad se espanta de respuestas maravillosas que da a los que le preguntan sus venturas y caminos que han de hacer, y qué día es bueno para hacer casamientos, o para hacer viajes y otras cosas. A mí dijo cuando venía para esta ciudad, que me acaecerían grandes cosas y que de mí se haría un cuento fabuloso, y cosas variables, y que había de escribir libros.