A esto respondió Milón riéndose:
—¿Qué señas tiene ese hombre, cómo se llama?
Yo le dije que era un hombre de buena estatura, entre rojo y negrillo, que se llamaba Diófanes.
Entonces Milón dijo:
—Ese es el que aquí en esta ciudad hacía muchas cosas semejantes a las que dices, por donde ganó hartos dineros; y estando él un día cercado de muchas gentes que le preguntaban sus venturas y suertes, acaso llegó un mozo que le abrazó, y el sabio se holgó mucho de verlo, y preguntando el mancebo cómo le había ido en el viaje de la isla Rubea, él dijo que muy mal, porque la nave, con una grande tormenta, se abrió, y ellos en un pequeño barquillo habían salido con harto trabajo a tierra.
Oyendo esto los que presentes estaban, se rieron y mofaron del sabio, diciendo que cómo conocía el hado y suerte de los otros y era necio en lo que le importaba. Pero tú, Lucio, ¿crees que aquel sabio te dijo verdad? No lo creas, que son grandes charlatanes, y con sus mentiras roban al pueblo ignorante y rudo.
Mi amigo Milón se detenía tanto en contar estas patrañas, que yo entre mí me deshacía, porque quería ir a gozar de mi Andria.
Finalmente, que yo me despedí de él, diciendo que todo me dormía, porque aún estaba fatigado del camino. Y así me fui a mi aposento, a donde hallé muy ricamente de cenar y las copas llenas de vino. Como yo cené a mi placer, acosteme en la cama.
He aquí do viene mi Andria (que ya dejaba acostada a su señora) con una guirnalda de rosas, la cual, como llegó, me besó muy dulcemente, y tomando las rosas, las echó sobre la cama; después hinchó una taza de vino, templola con agua caliente, y me la dio a beber, y teniéndola medio bebida, me la tomó de las manos y bebiose lo que me quedaba, mirándome y saboreando los labios, y de esta manera bebimos otra vez, hasta la tercera.
Después que estaba ya harto de beber, y no solamente con el deseo, sino también con el cuerpo aparejado a la batalla, roguele que se apiadara de mí y se acostase, diciéndole: