—Ya ves cuánta pena me ha dado tu señora, porque estando yo con esperanza de lo que tú me habías prometido, después que la primera saeta de tu cruel amor me dio en el corazón, fue causa de que mi arco se extendiese tanto, que si no le aflojas, tengo miedo que con la mucha tensión la cuerda se rompa, y si del todo quieres satisfacer mi voluntad, suelta tus cabellos y así me abrazarás.
No tardó ella, que había alzado la mesa prestamente con todas aquellas cosas que en ella estaban, y desnudada de todas sus vestiduras, hasta la camisa, y sueltos los cabellos, que parecía la diosa Venus cuando sale de la mar, blanca y hermosa, poniéndose la mano delante de sus vergüenzas. Y acostándose en par de mí, dijo:
—Ahora haz de mí lo que quisieres, que yo no entiendo ser vencida ni te he de volver las espaldas.
Así que pasamos la noche recreando el cuerpo con el beber, y de esta manera entretuvimos algunas otras, aguardando lo que la fortuna quería hacer de mí.
III.
Cómo Birrena convidó a su sobrino Lucio Apuleyo, y de un cuento muy gracioso que uno contó.
Pasados algunos días en que me recreaba con mi Andria, mi tía me rogó que fuese una noche a cenar con ella, lo cual yo le concedí, más por su ruego que por voluntad que tenía, por no apartarme de mi Andria, a la cual primero pedí licencia, y ella me la dio diciendo que volviese temprano del convite, porque de noche andaban por las calles bandas de ladrones que cruelmente mataban a cualquier hombre; yo le prometí de volver lo más presto que pudiese, y dije que conmigo llevaba mi espada para guardarme y defenderme.
Con esto me despedí de ella y fui a la cena, donde hallé otros muchos convidados, que como mi tía era principal de la ciudad, así era el convite bien acompañado y suntuoso.
Allí había mesas ricas de cedro y marfil, cubiertas con paños de brocado; muchas copas y tazas de diversas maneras, y todas de muy gran precio; las unas eran de vidrio artificialmente labrado; otras de cristal pintado; otras de plata y oro resplandeciente, adornadas de piedras preciosas, que ponían gana de beber; finalmente, que todo el suntuoso aparejo que puede ser, allí lo había. Los pajes y servidores de la mesa eran muchos y bien ataviados; los manjares, en abundancia y muy bien guisados; los vinos, añejos, muy finos y de muchas maneras.
En comenzando a cenar, comenzaron a hablar los convidados, riéndose y burlando.