Mi tía dijo entonces:
—¿Cómo te va en esta nuestra tierra, que cierto es la principal del mundo en edificios, y de mucha mercadería, seguridad y franqueza para todos los extranjeros?
A esto yo respondí:
—Por cierto, señora, así me parece; mas he miedo de las tinieblas y maldades del arte mágica, que me dicen que es aquí muy usado, y que aun los muertos no están seguros en sus sepulturas, porque de allí los sacan y toman ciertas partes de sus cuerpos y cortaduras para hacer mal a los vivos, y que las viejas hechiceras, en el punto que alguno muere, en tanto que le aparejan las exequias, con gran cuidado procuran de tomarle alguna cosa de su cuerpo.
Diciendo yo esto, respondió uno que allí estaba:
—Antes digo que aquí tampoco perdonan a los vivos, y aún no sé quién padeció lo semejante, que tiene la cara cortada disforme y fea de toda parte.
Como aquel dijo estas palabras, comenzaron todos a dar grandes risas, volviendo las caras y mirando a uno que estaba sentado al canto de la mesa, el cual, confuso y turbado de la burla que los otros hacían de él, comenzó a reñir entre sí, y como se quiso levantar para irse, Birrena le dijo:
—Antes te ruego, mi Telefrón, que no te vayas; siéntate un poco, y por cortesía que nos cuentes aquella historia que te aconteció, porque mi hijo Lucio goce de oír tu graciosa fábula.
Él respondió:
—Señora, tú me ruegas como noble y virtuosa, pero no es de sufrir la soberbia y necedad en algunos hombres.