—Primeramente toda la noche ha de velar muy bien abiertos los ojos y siempre puestos en el cuerpo del difunto, sin jamás mirar en otra parte, ni solamente volverlos de él, porque estas malas mujeres, convertidas en cualquier animal que quieran, en volviendo la cara, luego se meten y esconden, una vez hechas aves, otra vez perros y ratones y también moscas. Y como están dentro, con sus malditos encantamentos oprimen y echan sueño a los que guardan; de manera que no hay quien pueda contar cuántas maldades estas malas mujeres hacen por su mal vicio; y por este tan grande trabajo no dan de salario más de cuatro ducados de oro, poco más o menos. Lo principal se me olvidaba por decirte: que si el guardador del muerto no lo restituye entero a la mañana, como se lo entregaron, todo lo que hallaren cortado y disminuido del muerto, han de cortar en su misma carne del vivo para rehacer al muerto lo que falta.

Oyendo esto, esforceme lo mejor que pude, y llegándome al que pregonaba, le dije:

—Deja de pregonar, que aquí está quien guardará al muerto. Dime, ¿qué salario me han de dar?

Él dijo:

—Darte han mil maravedís; pero, mira, mancebo, que este cuerpo es de un hombre principal de esta ciudad; por tanto, vélate bien por guardarlo de estas malas arpías.

Yo le dije entonces:

—¿Para qué me dices esto? ¿No ves que soy hombre de hierro, que nunca entró sueño en mí? Cierto, más veo que un lince; estoy más lleno de ojos que Argos.

No había dicho esto, cuando me llevó a una casa, la cual tenía cerradas las ventanas; metiome dentro por un pequeño postigo, y llevome a una cámara sin lumbre, donde estaba una dueña vestida de luto, y llegando a ella la dijo:

—Este es el hombre que ha de guardar a tu marido.

Ella me dijo: