—Mira bien, hermano, que guardes con vigilancia lo que tomas a cargo.

Yo la respondí:

—Señora, déjate de eso, y mándame dar de cenar.

Lo cual a ella le plugo, y metiome después en un aposento, donde estaba el difunto cubierto de sábanas blancas, y trajo allí siete testigos. Luego, levantando la sábana, descubrió el muerto llorando y enseñome todas las partes de su cuerpo, diciendo que fuesen de ello testigos, lo cual un escribano asentaba en su registro.

Ella decía:

—¿Ves aquí la nariz entera, los ojos sin lesión, las orejas sanas, los labios sin faltarle cosa y la barba maciza? Vosotros buenos testigos sois de todo.

Diciendo esto, me mandó proveer de un candil con aceite y un jarro de vino para acompañarme con pan y queso.

En fin, se fueron todos, y yo quedé solo y con harta tristeza; pero esforzándome lo más que pude, refregaba mis ojos, y a ratos cantaba, paseaba y hablaba en muchas cosas por no caer en sueño, por la pena que tenía si no lo guardaba bien.

Siendo ya gran parte de la noche, a mí me vino un miedo grande; en esto entró una comadreja, y púsoseme a mirar a la cara muy fuertemente. Yo, viendo un tan pequeño animal que me miraba con ahinco, indigneme contra él, y díjele:

—Oh bestia sucia y mala, ¿por qué no te vas de aquí, y te encierras con los ratoncillos tus iguales, antes que experimentes el daño que te puedo hacer?