En esto la comadreja se fue. Y no tardó mucho que me vino un sueño tan profundo, como que me echaban en el centro de los abismos; de tal manera que el dios Apolo no pudiera fácilmente discernir cuál de ambos los que estábamos en el aposento fuese más muerto. Estando así desarmado, y quien había menester otro que me guardase, casi que no estaba allí donde estaba. En fin, cantando el gallo, yo desperté con grande sobresalto y temor, y tomando el candil en la mano, fui a mirar con gran prisa el muerto, y con gran diligencia le caté todo el cuerpo, y hallé que todo estaba sano y entero.
En esto vino la mañana, y he aquí do entra la mujer llorando, y mostrando mucha pena entraron con ella los siete testigos que la noche antes había traído. Y echándose sobre el cuerpo, lo besaba muchas veces; y mirándolo todo y reconociéndolo, halló que estaba entero y sano. Entonces llamó a un su mayordomo que me pagase por la buena guarda que había hecho; luego me pagaron, y la dueña me dijo:
—Mira, mancebo, todo lo que te fuere menester de esta casa, mientras aquí estuvieres, pídelo; que por este buen servicio que me has hecho, se hará por ti.
Yo, como no esperaba tal ganancia, lleno de placer tomé mis ducados resplandecientes, y como pasmado los pasé de una mano a otra. Y dando las gracias a la señora de mi buena paga, me fui hacia la plaza, y entreme a comer en un bodegón; después me salí a pasear a la misma plaza, donde estaba pensando en la miseria de este mezquino y trabajoso mundo, y la ceguedad de las malas mujeres, que con sus encantamentos y hechizos quieren buscar deleites y torpezas para cumplir sus depravados y malos apetitos, no pensando que el soberbio Plutón las ha de castigar cruelmente.
Estando en esto, he aquí do asomó el cuerpo del difunto, llorado y plañido, el cual pasaba por la plaza con gran pompa, acompañado de mucha gente hasta su sepultura. Como allí llegaron, vino un viejo con mucha ansia llorando y mesándose sus canas honradas, y con ambas manos trabó de la tumba donde iba el muerto, diciendo:
—Por la fe que mantenéis, oh ciudadanos, y por la piedad de la República, que socorráis al triste muerto, y castiguéis con graveza la gran traición y maldad que esta nefanda y mala mujer hizo; porque esta mató con hierbas ponzoñosas a este malogrado hombre, hijo de mi hermana, por complacer a su enamorado y comerle su hacienda.
De tal manera decía y se quejaba el buen viejo, que oyendo aquellas palabras el pueblo, se indignó contra la mujer; unos dicen que traigan leña y que luego la quemen, y otros que apedreada muera.
Ella, con palabras bien compuestas y antes pensadas, se excusaba jurando por los dioses.
El viejo dijo entonces:
—Pues que así es, pongamos la cosa en las manos de la divina Providencia, que lo descubra. Y para esto aquí está presente Zacles, egipcio, sacerdote de Plutón y de Proserpina, el cual hace venir los muertos del infierno a dar sus razones a lo que les preguntan.