Como el viejo dijese esto, todo el pueblo fue contento; y llamando allí al sacerdote, le rogó ahincadamente que le diese remedio para descubrirse tan gran maldad.
El viejo se llegó al cuerpo muerto, y tomando una cierta hierba que consigo traía, se la puso en tres partes, en la boca, y en el pecho, y en la mano izquierda, y vuelto hacia el poniente del sol, comenzó a rezar entre sí mansamente.
Todo el pueblo estaba mirando tan grande milagro como allí se quería hacer. Yo, que deseaba mucho saber lo que pasaba acerca de mi muerto, llegueme cuanto pude a la tumba y aun hallé una piedra en que puse los pies, de manera que yo lo veía muy bien todo.
Comenzó el muerto a vivir poco a poco, hasta que se levantó, y empezó a hablar, diciendo:
—¿Por qué me haces tornar a este mundo, después de haber venido del río Leteo, y haber pasado por el lago Estigio? Déjame, déjame estar en mi reposo.
Como esto dijo el ánima del muerto, el sacerdote le dijo:
—¿Por qué no manifiestas al pueblo y declaras la causa de tu muerte? ¿No sabes tú que con mis encantamentos puedo llamar las furias infernales, que te atormenten los miembros?
Entonces el difunto se levantó en el lecho donde iba, y de allí empezó a hablar al pueblo de esta manera:
—Yo fui muerto por astucia y engaños de mi mujer, por complacer un adúltero que ensuciaba mi lecho.
Entonces la mujer le respondió con grande ánimo, y altercaba con el marido resistiendo a sus argumentos.