El pueblo, cuando esto oyó, alterose en diversas opiniones, unos decían que aquella pésima mujer la debían enterrar viva juntamente con el marido, y otros que no se había de dar crédito al cuerpo muerto. Pero estas alteraciones atajó el cuerpo del difunto, el cual, dando un gran gemido, dijo:
—Yo os daré muy clara señal de mi entera verdad, y manifestaré lo que no sabe otro ninguno.
Entonces, demostrándome con el dedo, prosiguió diciendo:
—Sabed que este muy sagaz y astuto guardador de mi cuerpo, que me velaba muy bien y con diligencia, las hechiceras que deseaban cortarme las narices y orejas, no pudiendo engañar su industria y buena guarda, le echaron un gran sueño, y estando él como muerto comenzaron a llamar mi nombre, y como mi cuerpo estaba finado, no pudo tan presto responder al servicio de la arte mágica; pero él, como estaba vivo, aunque sepultado en el sueño, y se llamaba como yo, levantose a su llamada sin saber quién lo llamaba, de manera que él, de su propia voluntad, andando como ánima de muerto por la casa, aunque las puertas estaban cerradas, por un agujero le cortaron las narices y las orejas, en fin, que recibió en sí la carnicería que se había de hacer en mí. Y porque el engaño no pareciese, pegáronle allí, con mucha sutileza, de cera, formada a manera de orejas, y la nariz semejante a la suya: y ahora está aquí el mezquino gozoso por la buena paga que le hicieron, no por su guarda y vigilancia, mas por la pérdida y lesión de sus narices y orejas.
Como esto dijo el muerto, yo, espantado luego, me eché mano a las narices y trájelas en la mano; trabé de las orejas y cayéronseme. Cuando esto vieron los que estaban alderredor, comenzaron todos a mirarme haciendo gestos con las cabezas. En tanto que ellos se reían, yo, bajando mi cabeza, como mejor pude me fui de allí, y desde entonces nunca más volví a mi tierra, por estar así lisiado. Así que con los cabellos largos encubro la falta de las orejas, y con este paño la fealdad de mis desventuradas narices.
Cuando Telefrón acabó de contar su historia, los que estaban a la mesa, ya alegres del vino, comenzaron otra vez a dar grandes risas y a beber largamente.
Mi tía me dijo:
—Mañana se hace la fiesta del dios de la risa, la cual nosotros los de esta ciudad festejamos con mucho placer; esta fiesta será más alegre y placentera con tu vista, por tanto, querría que nos ayudases con alguna invención a ella.
Yo le respondí:
—Señora, mucho holgaría de ser parte para hacerle algún regocijo.