—¡Oh, Cupido! Recíbeme, que soy perteneciente para ser tu mujer, y tú, viento cierzo, recibe a tu señora.
Con estas palabras dio un salto grande del risco abajo, pero ella ni viva ni muerta pudo llegar al lugar que deseaba, porque se hizo por aquellas peñas pedazos, como merecía.
Tras de esta no tardó mucho la pena y venganza de la otra hermana, porque yendo Psique por su camino más adelante llegó a otra ciudad, en la cual moraba la otra su hermana, a la cual asimismo engañó con decirle lo que había dicho a la otra. Y queriendo el casamiento que no le cumplía, fuese a aquel risco, de donde fue despeñada.
Entretanto Psique andaba muy congojosa en busca de su marido Cupido por todos los pueblos y ciudades; pero él, herido de la llaga que le hizo la gota de aceite del candil, estaba echado enfermo, gimiendo, en la cámara de su madre.
Entonces un ave blanca que se llama gaviota, zambullose dentro en la mar, y halló allí a la diosa Venus, que se estaba lavando, nadando y holgando, a la cual se llegó y le dijo cómo su hijo Cupido estaba malo de una llaga de fuego que le daba mucho dolor: diciéndole más: que él se había estado apartado de las gentes, metido en una sierra con una doncella muy hermosa, la cual le había hecho la llaga, y que en el mundo ya no había amor ni policía alguna, ni nadie se casaba, ni se amaban los casados, sino todo andaba al contrario, feo y enojoso para todos.
Cuando aquella ave parlera dijo estas cosas a Venus, llena de ira y enojo contra su hijo Cupido, exclamó diciendo estas palabras:
—Paréceme que ya aquel bueno de mi hijo tiene alguna amiga; hazme tanto placer tú, que me sirves con más amor que ninguna, que me digas el nombre de aquella que engañó a este muchacho sin barbas y de poca edad, ahora sea alguna de las ninfas o del número de las diosas, ahora sea del coro de las musas o del ministerio de mis gracias.
Aquella ave parlera no calló lo que sabía, diciendo:
—Por cierto, señora, no sé bien cómo se llama, mas pienso, si bien me recuerdo, que la que tu hijo ama se llama Psique.
Entonces Venus, indignada, comenzó a dar voces, diciendo: