Diciendo esto arremetió a ella, y tomándola por los cabellos, la llevó ante Venus, la cual, como la vio, comenzose a reír, y meneando la cabeza, rascándose en la oreja, comenzó a decir:

—Basta, que ya fuiste contenta de hablar a tu suegra; mas antes creo que lo hiciste por ver a tu marido, que está a la muerte de la llaga que tú le causaste; pero está segura que yo te recibiré como conviene a buena nuera.

Y como esto dijo, llamó a sus criadas la Costumbre y la Tristeza, a las cuales mandó que azotasen cruelmente a Psique. Ellas, obedeciendo el mandamiento de su señora, dieron tantos azotes a la mezquina Psique, que la atormentaron muy malamente, y luego la tornaron a presentar otra vez ante su señora. Venus, como la vio, se comenzó otra vez a reír, y dijo:

—¿No veis cómo aun en el vientre que trae hinchado nos conmueve a misericordia? Piensa hacerme abuela, bien dichosa con lo que saliere de esta su preñez. Dichosa yo que en la flor de mi edad me llamarán abuela, y el hijo de una bellaca oirá que le llamen nieto de la diosa Venus; pero necia soy en decir esto, porque mi hijo no es casado, por cuanto las personas no son iguales, y lo que hicieron entre sí no es válido, que fue en un monte escondido y sin testigos, ni con consentimiento de padre ni madre.

Y diciendo esto, tomó trigo y cebada, mijo y centeno, garbanzos y lentejas, lo cual todo mezclado y hecho un gran montón, dijo a Psique:

—Tú me pareces mujer de gran cuidado: yo quiero experimentar tu servicio; por tanto, aparta todos los granos de estas simientes que están juntos en este montón, y cada simiente apartada me la has de dar antes de la noche.

Y diciendo esto, se fue a comer a las bodas de sus dioses.

Psique, embarazada con la grandeza de aquel mandamiento, estaba callando como una muerta, que nunca alzó la mano a comenzar tan grande obra para nunca acabar.

Entonces aquellas pequeñas hormigas del campo, teniendo mancilla de tan gran trabajo y dificultad como era el de la mujer del dios de amor, discurrieron prestamente por esos campos, y llamaron todas las huestes de hormigas, diciéndoles:

—¡Oh sutiles hijas, criadas de la tierra, madre de todas las cosas, habed mancilla de una moza hermosa, mujer del dios de amor, y socorredla presto, que está en gran peligro!