Entretanto que los padres del mozo muerto lloraban y plañían su hijo, he aquí do viene aquel rústico que había ido al mercado, al cual no se le había olvidado lo que le prometió, y venía pidiendo muy ahincadamente que me castrasen, al cual uno de los que allí estaban dijo:

—No es nuestro daño presente lo que tú ahora solamente pides, pero antes conviene que mañana, no solamente cortemos la natura a este pésimo asno, mas es razón que también le cortemos la cabeza. Y no creas que para esto te faltará la ayuda y diligencia de estos.

En esta manera fue hecho que mi mala ventura se dilatase hasta otro día.

Yo entre mí daba gracias al bueno del mozo, porque a lo menos, siendo muerto, daba un día de espacio a mi carnicería. Pero con todo esto, nunca fue dado un poquito de espacio a mi reposo y placer, porque la madre de aquel mozo, llorando la muerte amarga de su hijo con muchas lágrimas y llantos, cubierta de luto, mesaba sus canas con ambas manos, aullando y gritando, y de esta manera lanzose en mi establo, adonde, abofeteándose la cara y dándose de puñadas en los pechos, dijo de esta manera:

—Ahora este asno está muy seguro sobre su pesebre, entendiendo en tragar y comiendo siempre, ensancha su profunda barriga, que nunca se harta, y no se le recuerda de mi amarga mancilla, ni del caso desdichado que aconteció a su maestro difunto, antes me parece que menosprecia y tiene en poco mi vejez y flaqueza, y piensa que pasará sin pena de tan gran crimen como hizo y cometió.

Y como esto dijo, desenvueltas sus manos, desató una faja que traía ceñida, y ligados mis pies y manos con ella, me apretó muy fuertemente, porque estuviese obediente a su venganza, y arrebató una tranca con que se solían cerrar las puertas del establo, y no cesó de darme de palos hasta que con el peso del madero, cansada ya de darme, le soltó de la mano.

Entonces, quejándose que tan presto se había cansado, arremetió al fuego, y tomó un tizón ardiendo y metiómelo en medio de estas ingles, que me quemó todo, hasta que ya no me restaba sino solo un remedio, en que algo me esforzaba, que solté un chisguete de líquido, que le ensucié toda la cara y los ojos; finalmente, que con aquella ceguedad y hedor se apartó la mala vieja de mí, dejándome con harto dolor.

LIBRO VIII.


ARGUMENTO.