En este libro se contiene la desdichada muerte de Lepolemo, marido de Carites, y de cómo ella sacó los ojos del traidor Trasilo, que lo había muerto, y después se mató con sus propias manos. — Y la mudanza que hicieron sus pastores después de su muerte. — Adonde cuenta muy lucidamente los trabajos que pasó, y cómo después fue vendido a un echacuervos de la diosa Siria, que andaba por los pueblos pidiendo, y al fin cómo fueron descubiertos de sus bellaquerías y torpezas, y otras muchas cosas de gusto y pasatiempo.
I.
Cómo vino un mancebo a casa del pastor amo de Lucio, asno, el cual cuenta a los pastores la muerte de Lepolemo, y la venganza que Carites tomó en su enamorado Trasilo, y cómo después se mató.
Cuando vino el otro día, llegó un mancebo de la ciudad, el cual (a mi parecer) debía ser criado de Carites, aquella doncella que padeció conmigo tantas tribulaciones y trabajos en casa de aquellos ladrones. Este mancebo, estando sentado al fuego con los otros gañanes y mozos, contaba cosas maravillosas y espantables de la desventura e infortunio que había venido a la persona y casa de su señora, diciendo de esta manera:
—Yeguarizos, vaqueros y ovejeros, quiéroos contar lo que ahora aconteció en casa de nuestros amos. Era un mancebo de esta ciudad, hidalgo y de nuestro linaje, asaz rico, pero era dado a los vicios de lujuria y tabernas, andando de continuo en los mesones y burdeles, acompañándose siempre con ladrones y hombres infames y de bajos espíritus, ensuciando continuo sus manos en sangre humana, el cual se llamaba Trasilo; tal era su fama y así se decía de él. Este mancebo fue uno de los principales que por muchas veces, ahora por sí, ahora por intercesión de sus parientes y otras personas, pidió en casamiento a Carites siendo ella de edad para casar, y con toda su posibilidad trabajó por casarse con ella, y aunque en linaje y riqueza precedía a todos los otros del pueblo, pero por sus malas costumbres fue desechado y repelido.
Después que la hija de mi señor se casó y vino a poder de aquel noble varón Lepolemo, Trasilo criaba entre sí el amor que a Carites tenía, y recordándose cómo le habían negado aquel casamiento, buscaba ocasión para su cruel deseo. Y para esto se hizo y mostró muy placentero con el casamiento y bodas de Lepolemo, y el día que la doncella fue librada de mano de los ladrones por astucia y esfuerzo de su esposo, él, mostrándose más alegre que otro ninguno, hacía mucha fiesta, gozándose mucho de su buen suceso, y así por todo esto que mostraba, como por ser de los más principales de la tierra, él fue recibido en nuestra casa como uno de los principales huéspedes, el cual, encubriendo su traición, era muy placentero y mostraba su gesto alegre. De esta manera vino a ser grande amigo y familiar de casa, y cada día crecía la conversación.
Finalmente, Trasilo deliberó consigo muchos días antes de hacer lo que pudiese, y como no hallase lugar oportuno para poder hablar a la dueña secretamente, y conociese que el vínculo del nuevo amor, que entre los nuevos desposados crecía, no se pudiese desatar, y que la dueña no había de hacer traición a su marido, determinó porfiar en su obstinado y mal propósito, confiando en su juventud, y lo que ahora le parecía dificultoso, el amor loco que cada día más crecía, le hacía creer y tener esperanza de ponerlo en efecto.
Mas yo os ruego ahora que con mucha atención escuchéis en qué paró el ímpetu de esta perversa y furiosa lujuria.
Un día Lepolemo llevó consigo a Trasilo, fuese a caza de monte para buscar animales, así como corzos, porque en estos no hay ferocidad ni braveza como en los otros animales, y también Carites no consentía que su marido fuese a cazar bestias armadas con dientes o con cuernos, por el peligro que de ello se podría seguir. Y llegando a un monte muy espeso de árboles, comenzaron los cazadores a llamar los perros, que eran monteros de linaje, para que sacasen de allí los animales que había, y como los perros eran enseñados de aquella arte, repartiéronse luego, cercando todas las salidas de aquel monte.
Estando así, cada uno aguardando en su estancia, hecha señal por los cazadores, comenzaron de latir y ladrar tan reciamente, que toda la montaña hinchieron de voces, de la cual no salió corza ni gama, que es mansa más que ninguna otra fiera, pero salió un puerco montés muy grande y espantable, con las cerdas levantadas encima del lomo, echando espumajos con el sonido de las navajas, los ojos de fuego, con ímpetu cruel, que parecía un rayo. Y luego, como llegaron a él los más esforzados perros, dando con las navajas acá y allá los mató y despedazó, y después saltó las redes y enderezó su camino.