Nosotros, cuando aquello vimos, espantados de gran miedo, como no éramos acostumbrados a aquella peligrosa caza, mayormente que estábamos sin armas, escondímonos entre aquellas ramas y hojas de los árboles. Trasilo, como halló oportunidad para la traición y maldad que en su pecho moraba, dijo a Lepolemo engañosamente: «¿Qué es la causa por que confusos de miedo, y semejantes a nuestros criados, espantados dejamos perder tan hermosa presa de nuestras manos? ¿Por qué no subimos en nuestros caballos y seguimos a este puerco? Toma tú este venablo, y yo tomaré mi lanza.»

Diciendo esto, no tardaron más, y saltaron luego en sus caballos, y con grandísima gana siguieron tras del puerco, el cual, como el animal se viese apretado, no se le olvidó su esfuerzo, y tornó con gran ímpetu y encendimiento de su ferocidad, dando golpes con las navajas, hiriendo y rompiendo cuanto topaba. Mas el primero que llegó fue Lepolemo, que le metió el venablo por las espaldas. Trasilo perdonó al jabalí, y arrojó la lanza al caballo de Lepolemo, que le cortó las corvas de los pies, por manera que el caballo cayó hacia la parte donde estaba herido, y contra su voluntad dio con su señor en tierra. No tardó el puerco, que con mucha furia arremetió a él, y comenzole a trabar de la ropa, y él forcejeaba por levantarse, mas diole tantas navajadas, que le hizo muchas llagas; pero en todo esto, nunca el bueno de su amigo le socorrió ni se arrepintió de la traición comenzada, antes rogándole Lepolemo que le socorriese, no lo hizo, mas metiole la lanza por muchas partes, a semejanza de las heridas del diente del jabalí, porque no pareciesen dadas con mano. Y revolviéndose al puerco, muy fácilmente lo mató.

En esta manera muerto Lepolemo, salimos todos de donde estábamos escondidos, y corrimos allá. Trasilo, como había acabado lo que deseaba, aunque estaba alegre, todavía hizo gran sentimiento, y mostraba mucha tristeza, y con mucha ansia besaba el cuerpo del difunto, de manera que ninguna cosa dejó de hacer para mostrar que tenía gran dolor de su muerte.

Cuando esta nueva fue a la triste de su mujer, conmovida de gran dolor, como mujer sin seso, se salió de casa y fue a esperar el cuerpo de su marido, y luego se ayuntaron muchos de la ciudad, que la acompañaron en su dolor. En esto llegó el muerto, el cual como ella vio, llena de lágrimas se cayó amortecida, y con harto trabajo la volvieron en sí. Después, con mucha pompa y honra, lo enterraron.

En todo esto Trasilo no hacía sino dar voces y llorar, diciendo muchas cosas lastimosas por engañar a la verdad y encubrir su maldad. Y llegándose muchas veces a Carites, esposa del muerto, le tomaba las manos, porque no se rompiese los pechos, y con oficio de piedad se deleitaba en tocar a la dueña.

Después de hechas las exequias, Carites se retrajo y determinaba de morir de hambre y sed para ir a acompañar a su marido. Mas Trasilo, con malvada instancia, unas veces por sí, otras por sus familiares y parientes, trabajaba que ella no se consumiese ni angustiase, y que tomase placer. Y como era atrevido y desvergonzado, un día le habló, diciéndole que se casase con él, lo cual como ella oyese, fue muy escandalizada, y disimulando con él, le dijo que tomaría su consejo y que le daría la respuesta.

Esa misma noche le apareció el ánima de su marido Lepolemo, la cual, alzando la cara ensangrentada, amarilla y muy disforme, quebrantó el casto sueño de su mujer, diciendo:

—Señora mujer, yo te doy licencia que te cases en buen hora con quien quisieres, con tal condición: que jamás vengas a poder del traidor sacrílego de Trasilo, ni hables con él, ni te sientes a la mesa, ni duermas en cama con él; huye de su mano sangrienta que me mató; no quieras comenzar bodas con quien mató a tu marido, que las heridas aquellas, cuya sangre lavaron tus lágrimas, no son todas de las navajadas del puerco, porque la lanza del malvado Trasilo me hizo ajeno de ti.

Y de esta manera le contó todas las otras cosas, por donde le manifestó toda la traición como había pasado.

Ella, muy temerosa, metió la cara debajo de la ropa, adonde bañó la cara en lágrimas, llorando y suspirando con gran dolor y mancilla de su marido, muerto a traición tan malamente por el malvado Trasilo. Y desde entonces propuso en su pecho de vengarse del cruel matador, y después matar a sí misma para quitarse de tan enojosa y triste vida. Al otro día siguiente he aquí donde torna otra vez el abominable demandador de placeres ilícitos, y comenzó a porfiar con la dueña sobre su casamiento; pero ella, con astucia y sagacidad, le habló de esta manera: