Procura morderle y derribarlo; arráncale la cresta, y no vuelvas sin haberte comido su papada.[317] Parte alegre y triunfa como es mi deseo. ¡Que el Júpiter del mercado te guarde, y vuelvas vencedor y cubierto de coronas!
(El choricero sale; el coro queda solo por primera vez en la escena y se vuelve a los espectadores para principiar la parábasis.)
Pero vosotros, que estáis acostumbrados a todo género de poesías, escachad nuestros anapestos.[318]
Si alguno de vuestros antiguos poetas cómicos nos hubiese pedido que recitáramos sus versos en el teatro, le hubiera sido difícil conseguirlo; pero el autor de esta comedia es digno de que lo hagamos en su obsequio. Ya porque odia a los mismos que nosotros aborrecemos, ya porque desafiando intrépido al huracán y las tempestades, no le atemoriza el decir lo que es justo. Como muchos se le han acercado admirándose de que desde hace tiempo no haya solicitado un coro, y preguntádole la causa de ello, el poeta nos manda que os manifestemos el motivo. No ha sido sin razón, dice, el haber tardado tanto, sino por conocer que el arte de hacer comedias es el más difícil de todos, hasta el punto de que, de los muchos que lo solicitan, pocos logran dominarlo. Sabe además desde hace tiempo cuán inconstante es vuestro carácter, y con qué facilidad abandonáis, apenas envejecen, a los poetas antiguos. No ignora, en primer lugar, la suerte que cupo a Magnes[319] cuando le empezaron a blanquear los cabellos. Aunque había conseguido muchas victorias en los certámenes cómicos; aunque recorrió todos los tonos y presentó en escena citaristas, aves, lidios y cínifes; aunque se pintó el rostro del color de las ranas, no pudo sostenerse, sino que en la edad madura y no en la juventud le abandonasteis, porque con los años había perdido aquella gracia que os hacía reír. También se acuerda de Cratino, que en sus buenos tiempos, en el apogeo de su gloria, corría impetuosamente por los llanos, y desarraigando plátanos y encinas los arrastraba con sus adversarios vencidos; entonces no se podía cantar en los banquetes otra cosa que: Doro, la de las sandalias de higuera,[320] y Autores de himnos elegantes;[321] ¡tan floreciente estaba! Pero ahora cuando le veis chochear no os compadecéis de él: desde que a su lira se le caen las clavijas, se le saltan las cuerdas y se le pierden las armonías, el pobre anciano vaga lo mismo que Connas,[322] ceñida la frente de una seca corona y muerto de sed, él que por sus primeros triunfos merecía beber[323] en el Pritaneo, y en vez de delirar en la escena, presenciar perfumado el espectáculo, sentado junto a la estatua de Baco.[324] Y Crates,[325] ¿cuántos insultos y ultrajes vuestros no sufrió a pesar de que os alimentaba, a tan poca costa, masticando en su boca delicada los más ingeniosos pensamientos? Y, sin embargo, este fue el único que se sostuvo, ya cayéndose, ya levantándose.
Temeroso de esto nuestro autor, se ha contenido repitiéndose a menudo: «es preciso ser remero antes de ser piloto, y guardar la proa y observar los vientos antes de dirigir por sí mismo la nave.» En gracia de esta modestia, que le ha impedido deciros necedades, tributadle un aplauso que iguale al estruendo de las olas, honradle en estas fiestas Leneas[326] con jubilosas aclamaciones, para que, satisfecho de su triunfo, se retire con la frente radiante de alegría.[327]
Neptuno ecuestre,[328] que te complaces oyendo el relincho de tus corceles y el resonar de sus ferrados cascos; potente numen a quien agrada ver las trirremes[329] mercenarias hender rápidas los mares con azulada proa, y a los jóvenes, enardecidos por esa pasión que les arruina, dirigir sus carros en el reñido certamen, asiste a este coro, deidad de áureo tridente, rey de los delfines, adorado en Sunio[330] y en Geresta,[331] hijo de Saturno, protector de Formión,[332] y ahora, para Atenas, el más propicio de los dioses.
Queremos elogiar a nuestros padres, héroes dignos de su patria y de los honores del peplo,[333] que, vencedores siempre y en todas partes en combates terrestres y marítimos, cubrieron de gloria a la república; que nunca al encontrar los enemigos se ocuparon en contarlos, pues su corazón estaba siempre dispuesto al ataque. Si alguno llegaba a caerse por casualidad en la batalla, limpiábase el polvo, y negando su caída, volvía a la carga con más ardor. Jamás los generales de entonces hubieran pedido a Cleéneto[334] que se les alimentase a costa del Estado; pero ahora, si no tienen esta prerrogativa y la de asiento distinguido,[335] se niegan a combatir. Nosotros deseamos pelear valientemente y sin sueldo por la patria y nuestros dioses: nada pedimos en pago, sino que cuando se haga la paz y cesen las fatigas de la guerra nos permitáis llevar largo el cabello[336] y cuidar de nuestro cutis.
Veneranda Palas, diosa tutelar de Atenas que reinas sobre la tierra más religiosa y fecunda en poetas y guerreros, ven y trae contigo a la Victoria, nuestra compañera en los ejércitos y batallas, esa fiel amiga del Coro, que combate a nuestro lado contra nuestros enemigos. Preséntate ahora: hoy más que nunca, sea como quiera, es preciso que nos otorgues el triunfo. Queremos también publicar lo bueno que sabemos de nuestros caballos:[337] dignos son de alabanza. Muchas veces nos ayudaron en las excursiones y combates; mas nunca nos admiraron tanto con lo que en tierra hicieron como cuando se lanzaron intrépidamente a las naves[338] con toda su carga de vasos de campaña, ajos y cebollas; y apoderándose de los remos, como si fueran hombres, gritaban: «¡Hippapai![339] ¿Quién remará con más brío? ¿Qué hacemos? ¿No remarás tú, oh Sánfora?»[340] También bajaron a Corinto: los más jóvenes se hicieron allí un lecho con sus cascos o iban en busca de cobertores, y en vez de forraje de la Media, comían los cangrejos que se descuidaban en salir a la playa, y aun los buscaban en lo profundo del mar. Por eso Teoro dijo que un cangrejo había hablado así: «Terrible es, oh Neptuno, no poder, ni en el fondo del abismo, ni en la tierra, ni en el mar, escapar de los Caballeros».[341]