(Vuelve EL CHORICERO.)
CORO.
¡Oh, el más querido y valiente de los hombres, cuán inquieto nos ha tenido tu ausencia! Ya que vuelves sano y salvo, cuéntanos cómo te las has arreglado.
EL CHORICERO.
¿Qué he de deciros, sino que he conseguido la victoria en el Senado?
CORO.
¡Ahora es ocasión de prorrumpir todos en exclamaciones de júbilo! Tú, que hablas tan bien, pero que superas a las palabras con las obras, cuéntanoslo todo circunstanciadamente; con gusto emprenderíamos un largo viaje solo por oírte. Por tanto, hombre excelente, habla sin miedo; todos nos alegramos de tu triunfo.
EL CHORICERO.
Escuchad, pues la cosa merece la pena. En cuanto salió de aquí, le seguí pisándole los talones; apenas entró en el Senado, empezó con su voz estentórea a tronar contra los Caballeros, acumulándoles calumnias portentosas, acusándoles de conspiradores y amontonando palabras sobre palabras, que empezaban a ser creídas. El Senado le escuchaba y tan fácilmente se apacentó de aquellas falsedades, que crecían prodigiosamente como la mala hierba, que ya lanzaba miradas severas y fruncía el entrecejo. Pero yo, cuando comprendí que sus palabras producían efecto y que conseguía engañar a su auditorio, exclamé: «Oh dioses protectores de la lujuria y del fraude, de las chocarrerías y desvergüenzas;[342] y tú, Mercado, en donde se educó mi niñez, dadme audacia, lengua expedita e impudente voz.» Cuando pensaba en esto, un bardaje se desahogó[343] a mi derecha, y yo me prosterné en actitud de adoración; después, empujando la barrera con la espalda, grité abriendo una boca enorme: «Senadores, soy portador de buenas noticias, y quiero ser el primero en anunciároslas: desde que estalló la guerra, nunca han estado más baratas las anchoas.» Al punto la serenidad brilló en todos los semblantes, y en seguida me decretaron una corona por la fausta nueva. Yo en cambio les enseñé en pocas palabras un secreto para comprar muchas anchoas por un óbolo: que era el recoger todos los platos a los fabricantes. Todos aplaudieron y me miraban con la boca abierta. Advirtiendo esto el Paflagonio, que conoce muy bien el modo de engatusar al Senado, dijo: «Ciudadanos, propongo, ya que tan buenas nuevas acaban de anunciarnos, que para celebrarlas inmolemos cien bueyes a Minerva.» Y el Senado se puso otra vez de su parte: yo, viéndome entonces humillado y vencido, le cogí la vuelta, proponiendo que se sacrificasen hasta doscientos, y además mil cabras a Diana, si al día siguiente se vendían las sardinas a un óbolo el ciento; con esto el Senado se inclinó de nuevo a mi favor; y el Paflagonio, aturdido, empezó a decir necedades: los arqueros y pritáneos le sacaron fuera y se formaron grupos en que se trataba de las anchoas. Él les suplicaba que esperasen un momento: «Escuchad, exclamaba, lo que va a decir el enviado de Lacedemonia: viene a tratar de la paz.» Entonces gritaron todos a una: «¿Ahora de la paz? ¡Estúpido! ¿Después que han sabido lo baratas que tenemos las anchoas? No necesitamos paz, siga la guerra.» Y mandaron a los pritáneos que levantasen la sesión. En seguida saltaron las verjas por todas partes. Yo me escapé y corrí a comprar cuanto cilantro y puerros había en el mercado, y los distribuí luego gratis a todos los que lo necesitaban para sazonar las anchoas. Ellos no hallaban palabras con que elogiarme y me colmaban de caricias, hasta el punto de que por un solo óbolo de cilantro me he hecho dueño del Senado.
CORO.