CLEÓN.
Es para que gobierne a todos los griegos. Porque en los oráculos se dice que si tiene paciencia llegará a cobrar en la Arcadia cinco óbolos por administrar justicia. Así es que yo le alimentaré y cuidaré, y suceda lo que suceda siempre le pagaré los tres óbolos.[358]
EL CHORICERO.
No te afanas porque este mande en Arcadia, sino por robar más, y obtener muchos regalos de las ciudades tributarias: quieres que entre el remolino de la guerra el Pueblo no vea tus tunantadas, y que la necesidad, la miseria y el aliciente del estipendio le obligue a considerarte como su única esperanza. Pero si alguna vez, volviendo al campo, logra vivir en paz, y reponer sus fuerzas con el trigo nuevo y las sabrosas olivas, conocerá los bienes de que le priva tu estipendio; entonces, irritado y feroz, te acusará ante los tribunales. Tú lo sabes, y por eso le engañas con esperanzas quiméricas.
CLEÓN.
¿No es intolerable que tú digas eso de mí y me calumnies ante los atenienses y el Pueblo, cuando, por la venerable Ceres lo juro, he prestado a la república más servicios que Temístocles?
EL CHORICERO.
«¡Ciudad de Argos! ¿Escuchas lo que dice?[359]» ¿Tú igual a Temístocles? Nuestra ciudad estaba ya henchida de riquezas, y él añadió tantas que se desbordaron como el agua de un vaso lleno hasta la boca; a los manjares de su espléndida mesa, él añadió el Pireo[360], y, sin quitarnos los antiguos peces, nos procuró otros nuevos. ¡Tú igual a Temístocles, cuando no has hecho más que estrechar la ciudad, dividirla con murallas e inventar oráculos! Él, sin embargo, fue desterrado, y tú te regalas el cuerpo a nuestra costa[361].
CLEÓN.
¿No es insufrible, oh Pueblo, tener que oír estos dicterios solo porque te amo?