CLEÓN.

Aún no, buena gente, aún no han llegado las cosas a ese extremo; me queda todavía por decir una hazaña tan ilustre que puedo tapar con ella la boca a todos mis adversarios, mientras se conserve un resto de los escudos cogidos en Pilos[364].

EL CHORICERO.

Párate en los escudos; ya me has dado un asidero[365]. Pues por precaución no debías, ya que tanto amas al pueblo, permitir que fueran suspendidos en el templo con sus abrazaderas. Pero lo que hay aquí, Pueblo mío, es una maquinación para que no puedas castigarle, si alguna vez lo intentas. ¿Ves esa turba de jóvenes curtidores que le escolta, acompañada por esa otra de vendedores de miel y de quesos? Pues todos conspiran al mismo fin. Por tanto, si te encolerizas y le amenazas con el ostracismo[366], se apoderarán una noche de esos escudos y correrán a apropiarse de nuestros graneros.

PUEBLO.

¡Infeliz de mí! ¿Conque aún tienen las abrazaderas? ¡Infame, cuánto tiempo me has tenido engañado!

CLEÓN.

Querido mío: no seas tan crédulo; no pienses que has de encontrar un amigo mejor que yo: yo solo he sofocado todas las conspiraciones; en cuanto existe la menor conspiración, yo te la denuncio a gritos.

EL CHORICERO.

Haces lo que los pescadores de anguilas. Si el lago está tranquilo, no cogen nada; pero cuando revuelven el cieno arriba y abajo, hallan buena pesca. Tú también pescas cuando revuelves la ciudad[367]. Pero dime una sola cosa: tú que vendes tantos cueros, y te jactas de amar tanto al pueblo, ¿le has dado nunca una suela para sus zapatos?