PUEBLO.
He aquí una idea que nunca se le ocurrió a Temístocles. No cabe duda de que las fortificaciones del Pireo son una gran cosa, pero a mí me parece mejor la ocurrencia de darme esta túnica.
CLEÓN.
¡Ay de mí! ¡Con qué zalamerías me suplantas!
EL CHORICERO.
Nada de eso: hago lo que los convidados cuando se ven apretados por una necesidad; así como ellos cogen los zapatos ajenos[372], yo me valgo de tus añagazas.
CLEÓN.
Pues a zalamero no me has de ganar. Voy a cubrirle con este manto. Tú, bribón, rabia ahora.
PUEBLO.
¡Puf! ¡Quita allá! Apestas a cuero.