CORO.

Salud, rey de los griegos; contigo nos congratulamos; sobre ti ha derramado la Fortuna dones dignos de esta ciudad y de los trofeos de Maratón.

PUEBLO.

¡Oh queridísimo amigo! Acércate, Agorácrito. ¡Cuánto bien me has hecho transformándome!

AGORÁCRITO.

¿Yo? Pero, buen hombre, aún no sabes lo que eras antes y lo que hacías; de otra suerte me creerías un dios.

PUEBLO.

¿Pues qué hice antes? Dime, ¿cómo era?

AGORÁCRITO.

Antes, si alguno decía en la asamblea: «Oh Pueblo, yo soy tu amigo, yo te amo de veras, yo soy el único que velo por tus intereses», al punto te levantabas del asiento y te pavoneabas arrogante.