UN ESCLAVO.
No tiene aceite la lámpara.
ESTREPSIADES.
¡Ay de mí! ¿Por qué has encendido una lámpara tan bebedora? Acércate para que te haga llorar.
EL ESCLAVO.
Y ¿por qué he de llorar?
ESTREPSIADES.
Por haber puesto una mecha muy gorda... Después, cuando nos nació este hijo, disputamos mi buena mujer y yo acerca del nombre que habríamos de ponerle. Ella le posponía a todos los nombres el de caballo, queriendo que se llamase Jantipo, Caripo o Calípides[457]. Yo le llamaba Fidónides[458], como su abuelo. Tras largo debate, adoptamos, por fin, un término medio y le llamamos Fidípides[459]. Su madre, tomándole en brazos, solía decirle entre caricias: «¡Cuándo te veré, hecho un hombre, venir a la ciudad, ricamente vestido y dirigiendo tu carro, como tu abuelo Megacles...!» Y yo le decía: «¡Cuándo te veré, vestido de pieles, traer las cabras del Feleo[460] como tu padre...!» Pero nunca hizo caso de mis palabras. Y su afición a los caballos[461] me ha perdido. Después de haber meditado toda la noche, he encontrado un maravilloso expediente, que me salvará si consigo persuadir a mi hijo. Mas, antes de todo, quiero despertarle. ¿Cómo haré para despertarlo dulcemente? ¿Cómo? ¡Fidípides, querido Fidípides![462].
FIDÍPIDES.
¿Qué, padre mío?