EL EMBAJADOR.
A los cuatro años llegamos al palacio; pero el rey, a la cabeza del ejército, había marchado a hacer sus necesidades, y semejante operación le entretuvo ocho eternos meses en las Montañas de Oro[72].
DICEÓPOLIS.
¿Y cuánto tardó en terminarla definitivamente?
EL EMBAJADOR.
Todo el plenilunio; después regresó a su alcázar y nos recibió admirablemente, obsequiándonos con bueyes enteros asados en horno.
DICEÓPOLIS.
¿Se han visto nunca bueyes asados en horno?[73] ¡Qué exageración!
EL EMBAJADOR.
También, os lo juro, hizo que nos sirviesen un ave tres veces mayor que Cleónimo[74]; se llamaba el Engañador.