EL EMBAJADOR.
¿Pues qué ha dicho?
DICEÓPOLIS.
Nada: que son unos asnos los atenienses si cuentan con el oro de los Persas.
EL EMBAJADOR.
No hay tal: habla de darnos el oro por fanegas.
DICEÓPOLIS.
¡Por fanegas! Eres el fanfarrón más grande que se ha visto. Pero vete, les preguntaré yo solo. (A Pseudartabas.) Ea, respóndeme con claridad, si no quieres que te tiña en púrpura de Sardes[79]. ¿Nos enviará dinero el gran Rey? (Pseudartabas hace señas negativas.) ¿Por consiguiente nos engañan los embajadores? (Pseudartabas hace señas afirmativas.) Pero estos hombres hacen para contestar las mismas señas que los griegos: me parece imposible que no lo sean. ¡Justamente! Ya he conocido a uno de estos eunucos; es Clístenes[80], el hijo de Sibirtio. ¡Qué invención la del infame! ¿Cómo, teniendo barba, quieres pasar por eunuco, mico desvergonzado? Y ese otro, ¿quién es? ¿Acaso Estratón?
EL HERALDO.
Calla y siéntate. El Senado invita a Ojo del Rey a pasar al Pritaneo[81].