Callad. ¿Habéis oído? Se nos pide que guardemos el silencio religioso. Es el mismo a quien buscamos. Venid todos aquí. Separaos: parece que va a ofrecer un sacrificio.
DICEÓPOLIS.
Silencio, silencio. — Adelántate un poco, joven canéfora[102]. — Jantias, ten el falo[103] derecho.
LA MUJER.
Deja la cesta, hija mía, para que principiemos el sacrificio.
LA HIJA.
Madre, dame la cuchara, y verteré la salsa sobre esta torta.
DICEÓPOLIS.
Todo está bien preparado. — ¡Baco poderoso, ya que lleno de gratitud te dedico con mi familia esta fiesta y solemne sacrificio, concédeme que, libre de las faenas militares, celebre con alegría las Dionisíacas campestres, y que me sean para bien estos treinta años de tregua!
LA MUJER.