[398] El sueldo era la preocupación constante de los atenienses.
[399] Es decir, «en el hueco de la mano». Feuillemorte (Comédies d’Aristophane, tom. I, pág. 342) comenta así este verso: «Cilene (que es necesario no confundir con la montaña del mismo nombre situada al Sur de la Acaya, al Norte de la Arcadia, tenida por los antiguos como morada de los mirlos blancos) era el principal puerto de la Élida en el mar de Sicilia. Quizá su nombre es denigrado por el oráculo, que la personifica como un agente de fraudes y tunanterías, no solo a causa de la analogía de su nombre con el que en griego significa hueco de la mano, o garra, de que va a hablar luego, sino porque en aquella ciudad había nacido Mercurio, dios de los ladrones (Pomponio Mela, II, 2, 3). Esta explicación es aplicable también a la Cilene de Arcadia, pues Virgilio (Eneida, VIII, 138) coloca en esta montaña la cuna de Mercurio, y Pausanias (Arcad.) dice que en ella había un antiguo templo consagrado a aquel dios.»
[400] Ciudad de Mesenia.
[401] Adivino, amigo de Nicias, orador fogoso y arrebatado, acusado de ladrón. Frínico, Éupolis, Amipsias y Teléclides le atacaron también. Aristófanes vuelve a ocuparse de él en Las Aves, 988, y en Las Avispas, 380.
[402] Alusión a la manía de juzgar de los atenienses.
[403] La lechuza estaba consagrada a Minerva, patrona de Atenas.
[404] Cleón.
[405] Parodia del Peleo de Sófocles.
[406] Teófano debía ser algún demagogo que prometía al pueblo repartos de trigo.
[407] Sobre la facilidad con que el pueblo ateniense era engañado por los oradores, véase en Tucídides el discurso de Cleón (lib. III, 38).