CORO.
¿Será posible qué mates a ese pobre carbonero, nuestro amigo e igual?
DICEÓPOLIS.
¿Atendíais vosotros hace un instante a lo que os decía?
CORO.
Di, pues, lo que quieras de esos lacedemonios que te son tan queridos. Jamás abandonaré a ese pobre cestillo.
DICEÓPOLIS.
Dejad primero las piedras.
CORO.
Ya están en el suelo; deja tú también la espada.