DICEÓPOLIS.

Cuidado con esconder piedras en los mantos.

CORO.

Las hemos tirado todas. Mira cómo sacudimos los mantos; pero no pongas pretexto, deja la espada; ya ves cómo sacudo mi manto al pasar de un lado a otro.

DICEÓPOLIS.

Debíais de gritar todos a porfía. Si continuáis un poco más, hubierais visto perecer los carbones del Parneto[114] por la imprudencia de sus conciudadanos. A fe que este cesto ha tenido un miedo terrible; pues me ha manchado de negro, como el calamar al verse perseguido. Ya veis cuán dañoso es ese vuestro carácter intratable, que os arrastra en seguida a dar golpes y gritos, y no os deja escuchar las equitativas proposiciones que sobre los lacedemonios pensaba haceros con la cabeza sobre un tajo: y cuenta que estimo la vida como el que más.

CORO.

¿Por qué no traes, hombre audaz, tu decantado tajo, y dices sobre él esas cosas de tanta importancia? Tengo vivos deseos de saber lo que piensas. Pero ya que tú mismo te has comprometido, venga el tajo, y habla en seguida.

DICEÓPOLIS.

Está bien, mirad. Este es el tajo, el orador este, es decir, yo, así, pequeñito. No me cubriré con un escudo; pero diré de los lacedemonios lo que me parezca conveniente. Y no es que no tenga por que temer: conozco perfectamente el flaco de los labradores, y sé que, con tal que un charlatán colme de elogios justos o injustos a ellos y a su ciudad, ya no caben en sí de gozo, ni ven que les está vendiendo. También conozco el carácter de los viejos: solo piensan en fulminar sentencias condenatorias. Y sé por experiencia propia lo que me hizo sufrir Cleón[115] por mi comedia del año pasado, haciéndome comparecer ante el Senado, calumniándome, acumulándome supuestos crímenes, tratando de confundirme con sus ultrajes y declamaciones, y poniéndome a pique de morir, manchado por sus infames calumnias. Pero antes de principiar mi discurso, permitidme que me vista los andrajos de un hombre miserable.